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Mostrando entradas de junio, 2020

Jaque al rey.

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La unidad había atacado en pequeños grupos de combate y todos habían sido reducidos a la nada. Sólo quedaba Esgàire Anndrasdan, o eso creía. Se refugió tras una gran roca desde donde vigilaba al enemigo, no era muy numeroso, pero eran enormes y sus espadas eran tan grandes y pesadas que un hombre de su envergadura no sería capaz de izarla por encima de su cabeza con una sola mano. Estaba asustado. Por primera vez en su vida tenía miedo, si le veían le darían caza sin piedad. Bajó despacio, deslizándose por la duna que le cobijaba, pero un descuido hizo que la arena se moviera más de lo que tenía previsto y eso alertó al enemigo. Corrió, corrió todo lo que daban sus piernas, pero no sabía si eso sería suficiente, el enemigo era numeroso y más alto que él, aunque eran tan pesados que podría tener una pequeña posibilidad. Se enfundó la espada en la espalda y no quiso mirar hacia atrás. Escuchaba sus flechas pasar atravesando el aire cerca de sus oídos, incluso hubiera jurado que a

El despertar.

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Desperté, y lo primero que me llamó la atención fueron las flores, flores frescas en la ventana, flores frescas en el jardín y flores frescas en el jarón. llegaron hasta mí las fragancias ya olvidadas. Con la edad se pierde los sentidos, eso dicen, pero yo los había recuperado de pronto. Era un milagro. Quise decírselo a mis allegados, pero no había nadie en ese momento para poder comunicarle esa gran noticia. De pronto, recordé los nombres de mis hijos y mis nietos, incluso podría decirles el día de su cumpleaños. ¿Cumpleaños? Por dios, hoy era el de mi difunto marido. Hoy, Dani, hubiera cumplido 98, cuatro más que yo. Hoy es viernes, el día que mi hijo Carlos y Cristina, mi nuera, vienen a visitarme. ¿Qué hora será? Hay un despertador en la mesilla. Las 16:45, queda menos de quince minutos para que lleguen, me llevarán a merendar y luego daremos un paseo por los jardines y si el tiempo se lo permite saldremos al parque a dar una larga vuelta. Estoy deseando darles esa buena n

Sobre un vidrio mojado.

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Fue un instante, como un fragmento en el espacio, igual que si el tejido del tiempo se hubiera abierto durante unas décimas de segundo. Vi su cara dibujada en el aire. Daba la impresión de que las gotas de la fina lluvia, que caía en ese momento, dibujaran la silueta de su cara. Me miraba y me pareció vislumbrar en su faz una expresión de felicidad. Quise agarrarla, abrazarla, decirla que seguía amándola, que no la había olvidado, que me esperara, pero no estaba ahí. Otra vez mi mente me había jugado una mala pasada. El callejón, que daba a la parte trasera de mi casa, estaba vacío. Tampoco era de extrañar. El tiempo estaba desapacible y la noche no invitaba a estar fuera. A pesar de todo, me senté en las escaleras de incendios mientras me encendía un pitillo. La lluvia cesó en ese instante y las nubes corrían raudas hacia este, dando paso a las estrellas, que luchaban por resplandecer entre las nubes errantes. Me quedé como alelado viéndolas brillar, mientras la cerilla se

El amanecer del mar

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Fuerte como un doble latido fue un sueño viviendo lento, atrapando cada momento, surcando el mar con su elegancia, recuerdo el Viento en mi pelo cuando el mar, el barco, el aire y yo eramos uno, sintiendo esas caricias del viento en el océano, acariciando y alcanzando el cielo con los labios para así saciar mi sed de aventuras. Naufragando en sus manos me encontré sin remedio en ella me perdí, recorriendo el mapa de su cuerpo, siendo música de agua, sonrisa eterna en la que perderse, escuchando su eterno son al romperse. Desperté los sentidos en mi lucha contra el viento, en la madrugada me perdí en sus pensamientos, siendo furia y calma, sereno y tormenta, brillando siempre en mis ojos cual relampago. Recorrí cada palmo de su alma con mis lamentos. Sintiendo la bruma  que de nuestro mar llega calmada, lenta, pero inexorable alcanzando nuestro mundo, cubriéndonos. Que pase el otoño y se lleve las hojas, que arrastre nuestras almas impías, que el invierno nos acoja, que nos de co

Mis cinco muertes

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Podíamos estar horas hablando, podíamos mirarnos sin decirnos nada, que el tiempo pasaba sin apenas darnos cuenta; un día con ella era un suspiro. Su sonrisa, su forma de mirarme, su gracia al hablar, era única. No he conocido a nadie igual.  Eran finales de los años setenta y aquel verano sería el ultimo de mi alocada adolescencia. A partir de aquel verano nuestras vidas cambiaron para siempre. Sentados en el suelo, apoyados contra la pared de la pescadería mirando al mar, los chavales tiraban las cañas y algún sucio corcón picaba el anzuelo, para acabar en el mar otra vez. Los barcos iban llegando mientras las gaviotas nos anunciaban quién traía las bodegas llenas. El atardecer es realmente hermoso y más cuando eres joven y enamoradizo. Nos levantamos, María había decidido pasear. Tenía algo importante que decirme y quería estar a solas. Agradecía la brisa proveniente del mar, siempre me ha gustado. Agarrados de la mano dejamos atrás las pescaderías. El vie