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Mostrando entradas de abril, 2024

El último aleteo.

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Miraba el atardecer, pronto se pondría el sol, dejando paso a la luna. No se cansaba de tan bello espectáculo. No podía imaginar no volver a ver esos ocasos. Se sentó bajo el almendro, el último árbol que quedaba en la loma, por esa razón estaba tan lleno de vida, era el refugio de pájaros e insectos. Consultó su viejo reloj de bolsillo; no tenía mucho tiempo. Tan solo quería ver, no sabía si por última vez, ese regalo de la naturaleza.  Cerró los ojos y abrió el resto de sentidos. Lloró por lo que perdía, tantos años de sufrimiento y amor en estas tierras. Toda una vida de dedicación y ahora… Se levantó, sujetó con fuerza el cayado, besó al árbol y a la tierra y miró hacia el oeste. —Estoy preparado ¿Y vosotros? —No hubo respuesta. Volvió a consultar el reloj—. Hoy también es tu último día, compañero, ya no me harás falta. —Recogió la cadena girándola sobre la esfera y la introdujo en un hueco del árbol—. Cuando llegue se lo entregas —le habló al almendro. Tampoco hubo res

Manto azul oscuro.

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Quiso escribirla, antes de que la luz se extinguiera en sus ojos; quiso escribirla, antes de que las arenas del tiempo la envolvieran; quiso escribirla, antes de que el universo se volviera frío y que el único color que vieran sus ojos antes de la despedida fuera el negro. Ahora que el caos gobernaba en sus sueños; ahora que la eternidad sujetaba las agujas del tiempo; ahora que las sombras de la noche detenían las agujas. Ya no había tiempo para eso; ya la noche se extendía con su terciopelo azul oscuro; como un manto entre sus dedos se escurría y el adiós era la única palabra no escrita en el tiempo que se dejaba pronunciar. La eternidad, esa otra palabra que expresaba ese sentimiento de nostalgia; cómo una sola palabra puede albergar tanto sufrimiento; ya no atendía a la razón; uno nunca se acostumbra al beso que la eternidad te da, mientras te embriagas de sus caricias. Ya llega el alba y el tiempo, una vez más, se vuelve frenético, hasta que la noche regresa para envol

Un ser infinito.

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Sentado, yo, el viajero, al borde del acantilado, sobre la roca, con los pies colgando, mirando la mar que en su infinidad se junta al universo. El viajero del tiempo soy, cierro los ojos ajeno al universo que observa mis movimientos, y recuerdo, cómo había alcanzado el horizonte de sucesos, que navegando entre las estrellas, surcando el vasto tejido del espacio y el tiempo, esa versión mía, navegó siempre recto en el círculo de este pequeño universo. Mi memoria se perdió, cuando la luz de una nova, irrumpió entre mi cuerpo y mi alma, estirando mis momentos, alargando mi vida, hasta quedar atrapado en un agujero negro. Cada centímetro de mi infinito cuerpo, cada pedazo de cielo, se unieron en un hermoso baile, amaneciendo entre un bosque de estrellas, en una guardería de infinitos multiversos. Quedé enjaulado, entre enanas marrones, enormes soles rojos, cuásares multicolores, y solitarias lunas errantes. Tatuadas en mi espalda luzco, magnetares y estrellas de neutrones, per

El sótano.

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… —No era más que un niño —así comenzaba el Abuelo su relato—, y quizá por esa razón todo lo que recuerdo de esos días está magnificado, puede que no sea tal y como lo recuerdo, ya sabes, un niño tiene mucha imaginación, el miedo, los cuentos que te cuentan los demás niños y las mentiras de los mayores, para que no te acerques a un lugar, porque piensan que es peligroso, pueden crear monstruos donde no los hay y lo que ocurra no sea más que el producto de la imaginación de un niño asustado, pero si algo sé es que algo espantoso sucedió ese día. En numerosas ocasiones esta casa había sido testigo de asesinatos, violaciones y torturas, por parte de sus moradores. No sé si por su situación, al estar separada del resto del pueblo, o porque, como se suele decir, el mal engendra más mal. Mis padres me habían hablado de ello, y todo el maldito pueblo se conocía las historias que habían sucedido en ella, desde venganzas donde sus inquilinos habían acabado enterrados en el jardín, m