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Todo lo que mi vista abarca.

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La luz se filtraba por la ventana y la habitación se iluminó con la tenue luz del atardecer. Eran los últimos rayos, que como mi esperanza, iban desapareciendo. Su cara se iluminó con la llama de una cerilla y una fina lámina de humo ascendió impregnando del aroma a tabaco toda la habitación. Me aferraba a la idea de que ella no me dejara, como ese fino humo a su cigarro, sin esperanza, pues tarde o temprano se apagaría. Se acercó, y a cada movimiento de cadera esparcía el aroma de esa fragancia que tanto le gustaba y a mí me volvía loco. Como música de fondo se escuchaba la inconfundible melodía de Woman cantada por John Lennon. —Es inevitable —dijo en un susurro casi inaudible. Sus largas uñas acariciaron mi pecho, que no dejaba de subir y bajar al ritmo de un corazón que lo golpeaba, en un intento de escapar de su jaula, como queriendo irse con ella y abandonar mi cuerpo que ya estaba moribundo. —Aún lo puedo arreglar. —Me miró y parecía que lo hiciera por primera vez.

Un ser especial.

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... De eso hacía ya un par de meses y no sé si algún día podré superarlo. Ese tiro no solo le mato a ella, sino que también iba dirigido a mí. El pecho de Imanol se hinchó y deshinchó por última vez. Su cara reflejaba felicidad. Enaut pensó que al menos había muerto, al fin, feliz. Le hubiera gustado que Esperanza lo hubiera conocido, igual que haber hecho justicia en ese pueblo de miserables. Ahora tenía dos promesas que cumplir: tapar las pruebas que incriminaban a Esperanza, y la más difícil: incinerar el cuerpo de Imanol. Quería que repartiese las cenizas en la caída de agua que discurre del río hacia la mar. Alguien en el tanatorio le debía un favor. —¿Sabes qué nos pasará si nos pillan, verdad? —Roberto empujaba una camilla por el pasillo que conducía hasta el garaje subterráneo. —Claro que lo sé, y te lo agradezco. Sé que te juegas el empleo y seguramente los dos acabaremos en la trena si nos descubren, pero se lo prometí. —Aún no entiendo cómo puedes hacer esto, con

Una última vez.

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Llovía sobre la ciudad y me resguardaba sentado en el portal. La ciudad estaba triste y la tarde se alargaría. Escuché unos pasos que se acercaban. —Creí que no vendrías. ¿Vas a subir? —Debo irme. Ella lo sabe. Subiré de todas formas. —No sé si querrá verte. Me acompañó sin decir palabra. Llamé a la puerta de su cuarto. No contestó, pero pasé igualmente. Tumbada de lado en posición fetal miraba una fotografía en blanco y negro tomada en la feria, con una gran noria tras nosotros. La foto estaba arrugada y mojada. —¿Qué haces aquí? —me preguntó enfadada y triste al mismo tiempo— ¿No tenías que irte? —He venido a despedirme. —Pues ya lo has hecho. Cierra la puerta cuando salgas. Me acerqué despacio, como temiendo asustarla. Me senté a sus pies. Llevaba puesto el perfume que le regalé en ese primer encuentro. Llegaron hasta mí los recuerdos de aquella tarde. Tan lluviosa como esa en la que estábamos, pero maravillosa para nosotros. Recuerdos de risas, de besos, de furtivas mir

El viaje.

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Qué locura. Había decidido coger el autocar, que me llevaría muy lejos. Sin pensarlo, no quería arrepentirme. Dejaba atrás: mi familia, mis amigos, mi trabajo…, mi vida. Miré al cielo en un último acto de ver si alguna señal divina o humana me decía que no se me ocurriera, pero no hubo nada. Abrí el móvil que yacía en mis manos mudo, como si el mundo hubiera sucumbido a un ataque nuclear. Nadie se acordaba de mí, cómo no desaparecer de un mundo que ya no me pertenecía, cómo no huir del silencio que ensordecía mis pensamientos, cómo no escapar de…, nada. No era nadie.  El conductor me observaba, como el que se encuentra ante una aparición. Me miraba sin verme. Era un fantasma para él. Pasé a su lado y me dirigí al asiento. Nadie se fijó en mí. Al fin y al cabo eso era lo que pretendía al huir, que nadie supiera de mí. Comenzaría una nueva vida. El autocar se puso en marcha y vi pasar el paisaje, y con él toda mi vida, la carretera transcurría cada vez más rápido. Un millón d

Instinto depredador.

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... Por fin había llegado a ese maldito pueblo. Aunque dicen que las coincidencias existen, yo soy de los que creen que nada es casual. Ese pueblo tenía ese espesor en el ambiente que te dice que nada es lo que parece. El aire huele a rancio, a vicio, a muerte y mentira. Me arrodillé para saborear ese penetrante olor a podredumbre que se había quedado impregnado en todo lo que rodeaba al pueblo, incluida la hierba que ahora estaba en mi mano tenía ese frío tacto que deja la muerte. Incluso yo, que he recorrido ciénagas repletas de fantasmas, he visitado el inframundo, he visto de cerca la muerte, he bailado con ella, me han disparado, me dieron por muerto mil y una vez y he visitado la guarida del diablo, no me atreví a dejar de mirar hacia el pueblo que se escondía con la llegada de la noche. Una espesa bruma ascendía por el acantilado y caía sobre él y sus habitantes, muy lentamente, como temiendo llegar. Una casa, antes de llegar al pueblo, parecía dar la bienvenida a lo

Un placentero descanso

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... La noche se cerró sobre ellos, la brisa se tornó más fría y el sol ya no calentaba sus cansados huesos. Apenas veían. Estaban hechos de pecado, eran entes prohibidos, eran dos almas errantes que el destino decidió que debían estar solos. La noche se iba y la luna siguió su camino. Como ángeles erráticos se escondían del hombre y su destino. Todo cambió de repente y sus corazones pidieron calma. Todo cambió a su alrededor y sin darse cuenta la vida pasó, con la noche como cómplice. Tras varios años ya nadie buscaba. El hambre hizo que Enara se acercara a la playa. La noche y su luna la llamaban, pero decidió disfrutar de la brisa. El relajante son de las olas rompiendo en el arenal hizo que el cambio fuera sencillo. ¿Cuántas noches peleando por una presa? ¿Cuántas noches en vela? ¿Sin amaneceres tranquilos y sin una sábana limpia bajo la que despertar?  Dejó que la brisa marina la llevara lejos de ese lugar, donde los sueños y sus seres dominan la noche. Se dejó caer sob

Mensaje en la botella.

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Llevábamos muchos milenios mandando mensajes en botellas, hasta que alguien encontró una. Una civilización nos respondió: Su mundo había sido engullido por su estrella y buscaban un lugar donde poder vivir. No eran muchas naves las que navegaban en busca de un nuevo mundo, así que habían puesto rumbo a la tierra. Llegarían en dos décadas. Deberíamos prepararnos. En la tierra los países debatían qué hacer, cómo recibir a esos seres que llegaban. Unos decían que nos traerían prosperidad; otros que si venían a invadirnos; había quien aseguraba que nos echarían del planeta. Se organizaron en dos bandos, los que sí querían a los alienígenas y los que optaban por no dejarlos pasar. Los recursos en la tierra escaseaban, por eso los del bando del sí, alegaban que con su tecnología nos ayudarían; los del no, decían que nos los consumirían. Hubo revueltas de un lado y del otro, se fueron armando y acabamos por consumir todos los recursos que nos quedaban. No se sabe a ciencia cierta