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Mostrando entradas de agosto, 2021

La última carrera.

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Sentía el sonido de las hojas secas al andar, ese sonido que te relaja. La lluvia no había aparecido aún y el otoño seco había hecho que los árboles expulsaran su revestimiento con la ayuda del fuerte viento que provenía del sur. Un manto rojo se repartía por todo el paseo y se presentaba ante mí virgen de pisadas que lo hubieran alterado, sólo yo hacía vibrar el aire al pasar por encima de la alfombra natural. Por el este los rayos de un perezoso sol asomaban tímidamente y se reflejaban en el sinuoso río que discurría a mi lado. Un cormorán se acicalaba las plumas, y un par de gaviotas remontaban el río emitiendo un escandaloso canto que rompió mis pensamientos. Giré mi cuerpo para seguir su viaje y pude ver que una tormenta se acercaba por el oeste. Pronto me alcanzaría y daría fin a mi paseo. Las hojas quedarían empapadas y ya no emitirían ese sonido que tanto me agradaba. Se me ocurrió que antes de que eso sucediera podría recorrer todo lo que me dieran mis piernas, sab

Rompiendo cadenas

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Más alla de las montañas, donde mar y cielo se confunden, donde el sol se esconde y la luna triste danza. Existe un castillo de altas torres donde mora una princesa, lo custodia un dragon y dos soldados montan guardia. Día y noche la protegen de los males que el mundo acoge. Un bravo caballero surca el prado a su ecuentro, no porta armadura, son arapos lo que lleva. Su escudo es de madera y su espada no luce en la noche. No lleva un fiel escudero ni tiene sangre noble, pero su corazón es el de un caballero y un gran valor posee. Lo ven llegar una fría noche y entre la negrura el dragón lo saluda con el fuego lo intimida. Carga contra la bestia, que al ver éste a un ser tan enclenque se sienta. No comprende como alguien tan pequeño piensa conquistar un castillo que ya tiene dueño. Lo deja pasar y se ríe, el soldado lo saluda y hacia las altas torres se dirige. Los dos soldados ven al caballero que pasa furioso y dispuesto a pelear con ellos. Ellos al ver que a traspasado las

Rolando y el Barquero.

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Tras el crepúsculo la luna asoma y yo espero en calma. La tormenta se acerca y con ella los oscuros hombres que la cabalgan. Son los jinetes que a la muerte llevan consigo. Son atraídos por el hambre de cuerpos y mentes corruptas que tras una venganza. Llegan movidos por esas almas que antes de dejar sus cuerpos yacen en los infiernos. El barquero espera a que la batalla finalice aunque sabe cual será el resultado. Mira a los tres soldados y piensa en lo que en cierta ocasión le enseñó su maestro de armas: —«Si te encuentras en esta situación, cuando tengas varios atacantes, debes tener en cuenta dos cosas importantes. Primero: Tienes que tener a todos al alcance de tu vista y eso se consigue colocando tus brazos en cruz. Con una sujetas tu escudo y con la otra la espada, colocando cada punta en la trayectoria de tus oponentes más atrasados y retrocediendo hasta que los veas, sin dejar de apuntarles, el resto deben estar dentro del ángulo de visión. Segundo: ir a por quien

En busca de un hogar.

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Quise rebelarme, igual que lo hacen las nubes rasgando el cielo, quise huir, saltar al vacío, esperando que el mundo me olvidara, no quería ser rescatado. Sinceramente, quería desaparecer, igual que desaparece la niebla tras la salida del sol, igual que el arco iris tras su fugaz visita, quería ser un bonito y fugaz recuerdo del que pronto se olvidaran, pues llega otro y lo sustituye. Y esperé, y observé, pero no pude ver, porque los recuerdos me cegaban el corazón y mis lágrimas los ojos. Y huí, y en mi huida la vida se me escapaba, caía en un abismo sin fin, sin poder ver lo que me deparaba, sin poder saber, sin querer saber que había tras el cristal de mi ventana. Y el amanecer llegó, un nuevo día se abrió ante mí, quise saber si podría cambiar mi futuro, quise volar y caminar sobre el arco iris y de sus colores me embriagué, y entonces…, no quise volver, decidí que ese sería mi hogar, el lugar donde nadie pregunta, donde la vida pasa ante los ojos sin mirar en otra dire