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Mostrando las entradas etiquetadas como Historias de amor desde mi ventana

Sin despedidas.

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Es esa sensación de cuando pasas por un lugar donde tienes ese recuerdo. Más que un recuerdo sientes como todo a tu alrededor cambia y regresas al día en que todo sucedió o a la edad donde todo pasó. Porque más que recordar, regresas, das un salto al pasado. Notas que todo lo que te rodea se transforma y es tal y como lo recordabas. Por un segundo, por una décima de segundo, por una milmillonésima de segundo, vuelves a ese día, a esa sensación. Un segundo después intentas desplazarte de nuevo, pero no puedes, y si lo haces el viaje es más corto, y cada vez que lo intentas la sensación se va recortando, hasta que ya no te es posible hacerlo. Y eso te frustra. Creo, que no se recuerda, que se viaja al pasado por un segundo. Es ahí, en esa esquina, donde los recuerdos se vuelven sensaciones, donde la realidad es otra, es ahí, donde viví esa despedida de la que nunca me deshice, la despedida que nunca hice y que nunca me abandonó. El tiempo se detuvo en ese instante, ese moment...

La maldición.

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Soplaba el viento, y de los árboles las hojas caían, mientras, la Dama paseaba sobre una alfombra de ocres colores. Caía su ropa y el viento celoso movía las nubes para que el sol no la alumbrara, porque una maldición caía sobre la Dama: «Del castillo no saldrás, hasta que la luz del sol te alumbre, y un valiente soldado vea tu hermosa cara». Desde lejanos lugares llegaron rumores, un caballero hasta esa ciudad se dirigía, montado en su caballo que como el viento se movía, seguido por las estrellas que le guiaban, y por la luna, compañera de sus batallas. La Dama esperaba, presa del viento que la obligaba. Las sombras de las nubes la entristecían, y si era de día o de noche, ella no sabía. Cuando más triste estaba, sentada en su ventana, imploraba, al dios de todos, que con su vida acabara. Llegó el caballero y bajo su ventana se postró, pues de su belleza le hablaron, los que por allí pasaron. —¡Sal, hermosa Dama, sal para que pueda verte! —pidió el caballero. Mas ella no ...

Shin jo.

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Sé que es el final, pero no un final como estamos acostumbrados. Lo que ellos esperan; es un principio, porque todo final es el principio de algo. Todo encuentro es el comienzo de una despedida. Cuando uno se encara hacia algo, cuando alguien trata de coger lo que desea, y lo que desea es algo intangible, debe estar dispuesto a saltar. Saltar al vacío, sin mirar qué hay debajo, sin pararse a pensar si hay red, debes estar dispuesto a caer, a confiar que lo que deseas está ahí, y que si sale mal, ha sido tu elección. La luz se apaga; el sol deja paso a la noche, pero lejos de pesarme, me gusta, pues todo cambio lleva consigo un nuevo comienzo. Múltiples colores se dibujan. Sonrío, pues soy feliz. Me preguntaban si había sido feliz, y la respuesta me sorprendió: sí, lo había sido; había sufrido, había visto morir a mis padres, había visto partir a la que un día me dijo que me amaría por siempre, y me rehice, había tenido que cuidar de mis seres queridos, había sido tan sumame...

Rumores.

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… Salieron a la calle. El barrio se despertaba y los coches comenzaban su lento ronroneo para llevar al trabajo a sus ocupantes y al colegio a los más pequeños. El rocío había mojado la hierba, que ahora pisaban en un barrio de casas unifamiliares. Cuando Lucas entró por primera vez allí, recordaba, que los primeros días le costaba llegar a casa, pues todas las calles y casas eran iguales. Con el tiempo, cada habitante fue introduciendo pequeños detalles que los diferenciaban, aunque un foráneo seguiría sin encontrar diferencias. Para Lucas, cada casa tenía su propia firma. Mari, por ejemplo, tenía el porche con más sitio para las plantas que para ella y la buganvilla se esparcía por su fachada este, creando un puente natural de color morado, así como una vid en la entrada que había crecido tanto que los críos del barrio corrían a coger las uvas cuando ella se hacía la despistada; ¿cómo perderse? Él, en cambio, tenía una casa limpia, pero fría, tan solo un columpio de mader...

El último aleteo.

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Miraba el atardecer, pronto se pondría el sol, dejando paso a la luna. No se cansaba de tan bello espectáculo. No podía imaginar no volver a ver esos ocasos. Se sentó bajo el almendro, el último árbol que quedaba en la loma, por esa razón estaba tan lleno de vida, era el refugio de pájaros e insectos. Consultó su viejo reloj de bolsillo; no tenía mucho tiempo. Tan solo quería ver, no sabía si por última vez, ese regalo de la naturaleza.  Cerró los ojos y abrió el resto de sentidos. Lloró por lo que perdía, tantos años de sufrimiento y amor en estas tierras. Toda una vida de dedicación y ahora… Se levantó, sujetó con fuerza el cayado, besó al árbol y a la tierra y miró hacia el oeste. —Estoy preparado ¿Y vosotros? —No hubo respuesta. Volvió a consultar el reloj—. Hoy también es tu último día, compañero, ya no me harás falta. —Recogió la cadena girándola sobre la esfera y la introdujo en un hueco del árbol—. Cuando llegue se lo entregas —le habló al almendro. Tampoco hubo...

Manto azul oscuro.

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Quiso escribirla, antes de que la luz se extinguiera en sus ojos; quiso escribirla, antes de que las arenas del tiempo la envolvieran; quiso escribirla, antes de que el universo se volviera frío y que el único color que vieran sus ojos antes de la despedida fuera el negro. Ahora que el caos gobernaba en sus sueños; ahora que la eternidad sujetaba las agujas del tiempo; ahora que las sombras de la noche detenían las agujas. Ya no había tiempo para eso; ya la noche se extendía con su terciopelo azul oscuro; como un manto entre sus dedos se escurría y el adiós era la única palabra no escrita en el tiempo que se dejaba pronunciar. La eternidad, esa otra palabra que expresaba ese sentimiento de nostalgia; cómo una sola palabra puede albergar tanto sufrimiento; ya no atendía a la razón; uno nunca se acostumbra al beso que la eternidad te da, mientras te embriagas de sus caricias. Ya llega el alba y el tiempo, una vez más, se vuelve frenético, hasta que la noche regresa para envol...

La estación de invierno.

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Se sentaba en el andén, mientras esperaba la llegada del tren. La fina lluvia cubría su rostro y al cobijo de la noche su cuerpo no era más que una ilusión. No hacía más que intentar robar un poco de tiempo, un tiempo que llegaba sin retraso, que no esperaba y en ese andén su cuerpo se marchitaba, mientras la lluvia en su cara camuflaba sus lágrimas y el tiempo que en ella se reflejaba. Sonó la sirena y el tren pasó sin detenerse y la sombra de la Dama cubrió la de él. Suena la última señal, y el viejo reloj no cede su paso y en la estación los caminantes siguen, solo él se queda para esperar el próximo tren. Lágrimas de soledad inundan el andén, que caen sobre su equipaje, como pétalos de una flor que muere sin haber visto el sol. Suena en la estación la señal y otro tren parte sin esperar. Yacen, inmersos en la ciudad, los corazones hambrientos mueren en soledad. Y lejos, muy lejos, está la multitud que, deseosos de abrazos, lamen sus propias heridas. Es el lamento de los...

La leyenda y la luna.

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Noche de leyendas, de cuentos y de solitarias almas. Noches de placeres, de amores fingidos, fugaces y eternos encuentros. Noches de melancólica sonrisa. Mujer de luna y hombre de fuego, espíritus en lucha, suspiros en esta noche que no tiene fin, llamas en el cuerpo y hielo en el alma. Rozan el gélido aire con sus alas; te atrapan y sueñas, y las estrellas contarán de ellos a la luna llena. Las ruinas de esta ciudad esconden almas que no saben volar, son libres, pero lo ignoran. Cuentan en la madrugada la leyenda de dos fantasmas errantes, que solitarios vagan entre la noche y la luz del alba. En esas tardes de cuentos, de luz en el hogar, de brujerías y eternos encuentros, las puertas de las casas se cierran, pues las ánimas viajan al encuentro de enamorados inquietos. Saben de amores fingidos, de amores fugaces y dulces deseos. Conocen las noches y sus conjuros; van buscando solitarias vidas para traerles a su encuentro. Susurran en tu oído, si el amor buscas, y cuando ...

La eternidad en el bolsillo.

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Me agaché para arrancar una brizna de hierba, la acerqué a la nariz y un millar de recuerdos afloraron en mí, que como un misil me arrastraron a un tiempo atrás. Hubo un tiempo en que quise huir, apartarme, desaparecer, que nadie supiera quién fui, que nadie se acordara de mí. Pero ella siempre me encontraba, me hablaba, me perseguía y me susurraba al oído; saltaba sobre mi espalda, me aceleraba el corazón y me reconfortaba; atravesaba mis venas y ponía alas sobre mi espalda. La he visto surcar mares, tierras y cruzar tempestades por mí. Conozco mundos inimaginables, pues yo ahora construyo soles para iluminar su destino y he de alumbrar su camino en las noches de novilunio. He creado universos para ella, he resucitado dragones; tierras sin dueño le he regalado, para que rescate a las princesas de sus mazmorras. Y ahora no puedo escapar de este mundo que para ella he creado. No soy ningún dios, ni siquiera un demonio. No soy más que un trovador que se ha enamorado, y ahora ...

Día de bodas.

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… Salió fuera. Tenía, debía, necesitaba notar el aire frío en su cara. La lluvia aún se dejaba sentir en pequeñas y diminutas gotas que de vez en cuando atravesaban el aire para estrellarse contra su cara, y ella lo agradecía. La luz de algunas estrellas se filtraba a través de las nubes que luchaban por sobrevivir mientras la luna las atravesaba. El viento había rolado a noroeste, cosa que agradeció, pues el vento cálido que había reinado esos últimos días hacía casi imposible conciliar el sueño, aunque después de lo acontecido dudaba si podría volver a dormir. Miró hacia abajo y vio a través de la repisa de la terraza del tejado a los invitados que se iban marchando, igual que las nubes, salvo que estas últimas volverían tarde o temprano y los invitados no. El coche del novio había dejado un reguero de globos y adornos por el camino y su ramo, ahora, se desprendía de sus manos y volaba en caída libre. El viento hizo elevarse a las flores y que se esparcieron como las gota...

Esperando el perdón.

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Yacemos bajo el álamo centenario, bajo su sombra nos cobijamos, esperando que sus largos tentáculos nos arropen, soportando el largo paso del tiempo. Besaba sus labios, ella cogía mis manos. Y así, entre sueños de enamorados, pasábamos el tiempo esperando que el alba nos acogiera, tras el eterno descanso de dos ánimas a las que maldijeron a yacer juntas y separadas por el tiempo. Eternamente enamoradas. Eternamente olvidadas. Yo, proclamo, que si soy culpable de algo es de querer vivir, de amar y ser amado y de no soportar el dolor, que de la daga de un traidor, extrajo la sangre de mi amada y del fruto de nuestro amor. Vivo entre páramos de muerte, somos ánimas sufriendo la vida eterna. Somos culpables de amar, culpable de tenernos, de poder querernos, de soñar con una vida mejor. Yo, que he muerto y he resucitado, tantas veces como el amor me ha dejado. Yo, que el castigo de una mano traidora he pagado, he sufrido y tras mil años sin saber dónde mi amda se encontraba, un ...

Bloody Mary.

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La brisa marina se enreda en su mirada, sube, se deja caer, para alzarse cual mariposa, aleteando frente a sus ojos, y entre los remolinos de su pelo. La mujer se desliza entre las mesas que se alinean en la acera, como si se tratara de fichas de dominó. Se sienta, no se deja caer sobre la silla, sino que parece que es la silla la que se alza bajo ella. el camarero se esfuerza por ver su cara, pero parece esconderse bajo el ala de su sombrero; la luz de las farolas parecen no quererla molestar y sus sombras se esparcen sobre su piel. Sus manos son tan blancas que parecen no haber visto la luz del día, pero gráciles y con estilo, se mueven a través del aire, son el aire. El camarero se acerca y siente el misterio que la acoge, la envuelve. —Buenas noches —le saluda y su voz suena como temiendo molestarla. Ella le mira, aunque él no vea sus ojos, que por un momento es lo que más desea, y ese deseo se vuelve obsesión. El intuye, desea, que su color sea el de la esmeralda, pues...

Injusto.

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… Y ahí está, frente a él, mirando con eso ojos verdes que le vuelven loco, la negra melena le cae sobre los hombros efectuando un remolino a ambos lados, izándose y cayendo en picado sobre sus pequeños pechos. Sonríe, pero Ibai reconoce una sonrisa forzada cuando la ve. Sus manos, blancas y suaves descansan ahora sobre las suyas y percibe su cálido tacto. Carlos le mira un poco distante, en realidad está pensando que no pinta nada en ese lugar. —Qué pasa, tío —se atreve a decir, como si fueran amigos. —Ya ves, tío —ironiza Ibai—. Pasaba por aquí. ¡No te jode! —¡Vale! ¡Ya está!, lo he intentado, Marta, me piro, no pinto nada aquí. Marta le sujeta por la muñeca. —Creo que ya es hora de que dejéis de comportaros como niños, ¿No os parece? —¿Cómo niños, dices? Quién crees que me ha hecho esto —dice Ibai. Marta mira a Carlos intentando ver en su cara un gesto que le asegure que él no ha sido. —¿Crees qué he sido yo? Si hubiera sido yo ahora no estarías hablando conmigo. Serías ...

Una larga despedida.

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La luna brillaba con todo su esplendor, aunque las nubes hacían lo posible por taparla, su luz se reflejaba en el agua. Remojaba sus pies sentada en las rocas donde las olas rompían con fuerza al llegar y se despedían con un suave sonido que parecían silbar dejando un rastro de espuma a su paso. Una gaviota ignorando su presencia volaba alrededor, y acto seguido escapaba hasta que perderse de vista. —No es necesario que te vayas —le dijo ella sin dejar de mirar el reflejo de sus pies en el agua. Él la miró y acto seguido dirigió su vista hacia el cielo. —Debes entender que todo sucede por algo. —No es justo. —La vida nunca es justa, pero debemos aprender a seguir. —¿Y nos volveremos a ver? —No —dijo tajante, porque ella sabía la respuesta. —No quiero ni puedo dejarte ir.  —Debes hacerlo, es lo mejor para todos.  —Isabel pregunta todos los días por ti. ¿Qué le digo? —La verdad. Los niños lo entienden mejor que los mayores. Ella no quería seguir mirando. Él la besó e...

Río de la esperanza.

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Y reinó la oscuridad y asumiendo la facultad de gobernar en la mar me sumergí con ella y durante milenios deambulé entre las sombras sin saber que en el otro lado la luz cubría todo el espacio. Muerto y sin vida vivía engañado, soñando que soñaba. Ahora que la luz invade mi mundo puedo soñar que no es un sueño. Puedo vivir dentro del espejo. Puedo alimentarme de la luz del amanecer y vivir sin esperar a morir. En ocasiones las lágrimas ruedan fuera de mi mundo, en ocasiones escucho el lamento de los que no escucharon, de los que desoyendo lo que las estrellas nos enseñaban, nos marcaban, se quedaron sepultados bajo la luz cegadora de la muerte. Esa luz no lleva nombre ni apellido, no sabe de amor, no conoce la palabra perdón, ni sabe de felicidad ni caridad y viaja huérfana, sin rumbo ni destino, recorre mil caminos, tu camino, entre las cenizas del olvido, entre cadáveres sin alma, entre almas sin esperanza ni recuerdos. En ocasiones no existe ninguna razón, sólo deben rec...

Un lugar tranquilo

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… Echo la vista atrás y veo que llevo una corta, pero vehemente existencia. Este es un pueblo que mira a la mar, donde la vida transcurre tranquila, sin sobresaltos. Las mañanas son cortas, las tardes intensas y las noches son largas y misteriosas. Un pueblo que sabe a sal y sudor; a tristeza y soledad a frío en el rostro. Huele a pescado y amargura, a invierno y lluvia.  Su tacto es cálido y su piel espesa; te calma y te mata, te arrulla y te olvida; te ama y te cuida, igual que te odia y olvida.  Los viejos del pueblo miran las tranquilas aguas que mojan la bahía igual que el pasado que los empapa sin un futuro donde resguardarse. Los jóvenes surcan hacia un futuro sin la otra orilla. Ellos, los jóvenes, ya dan la espalda a la mar. No quieren vivir y morir de ella, por ella. Yo nací entre esas dos culturas, en un abril de los que ya no quedan, en una primavera que recuerdan como un otoño, con Selena observando cada movimiento. Mi infancia fue feliz, mi adolescenc...

La vida le sonreía.

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La vida le sonreía, tenía una bonita casa en las afueras, piscina, un pequeño terreno donde pasaba algunos momentos libres cultivando en la huerta, una mujer a la que adoraba, ella había sido su gran apoyo, dos hijos que eran maravillosos, Ana de 23 años y ya independiente, Juan de 26, volaba solo hacía mucho y un trabajo que amaba. Nada podía ir mejor. Se levantó una mañana mirando al horizonte, ese día el amanecer estaba precioso, las estrellas aún titilaban en el oeste y por el este la tímida luz solar parecía querer asomar. La luna, casi llena, se mantenía en lo alto. ¿Era feliz? Se preguntaba, él pensaba que no se podía pedir más. Como respuesta dos gaviotas sobrevolaron la casa, para minutos después desaparecer en la lejanía. Un velero surcaba la mar dejándose llevar por el viento y un peregrino, camino de Santiago, le saludó. Miró a su casa con aire triste, su mujer miraba sonriente el móvil, él miró el suyo, un sinfín de mensajes urgentes lo esperaban. Lo apagó. Hab...

Seguro que hay una explicación.

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En un principio pensé que sería algo maravilloso, como tener una segunda oportunidad, pero la cosa se complicó y nunca más tuve otra oportunidad. Había ido a comprar unas flores para Marta, cuando al girar en la calle Del Ensanche, vi frente a la floristería, a la madre de Marta. Era atractiva, me imaginé a Marta con la edad de su madre; sería igual que ella. Estaba parada frente al escaparate, como atraída por algo, parecía querer irse, pero al segundo regresaba, me recordó a las polillas cuando son atraídas, una y otra vez por la luz. Pronto me di cuenta de que no era nada gracioso, estaba nerviosa. Me acerqué y la saludé. —Buenos días. Me miró como el que mira a un extraño. —No deberías estar aquí, Sam, ¿no tienes clase? —Hoy es festivo. ¿Se encuentra bien? —me atreví a preguntar. Era evidente que le sucedía algo. Su mano se aferraba a algo que ocultaba en el bolsillo, al principio pensé en un arma, pero entonces vi que se trataba de su móvil. Sus ojos parecían salirse d...

Una despedida

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… Corre y se refugia en el acantilado, cerca de la mar, donde el río cae en una interminable cascada hasta llegar al agua salada, dejando a su paso una cola de caballo que baña todo el monte que hay a su alrededor, incluido a Sam. Ahí, en un hueco entre las rocas, horadado por el agua, el viento y el tiempo. Se introduce en él y llega hasta un lugar donde la hierba crece alta y el horizonte se presenta ante él, infinito. Su cuerpo se relaja; cierra los ojos y abre los sentidos ante el mundo; se deja llevar y recuerda. Las imágenes vuelven a él: Ya no recordaba a su madre, apenas tenía la imagen de su cara, era un borrón en su memoria, pero dicen que los recuerdos no son personas, son lugares, olores, sensaciones, sonidos; y era eso lo que le quedaba de ella: ese olor a flores frescas en la ventana, el sol penetrando a través de los ventanales, mientras su madre le contaba un cuento, o le cantaba y él se dormía en su regazo. El aroma a legumbres que lo impregnaba todo; pesca...

Un acto de fe.

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El agua corría a través del grifo sin que Sam fuera consciente de ello. El chorro de agua golpeaba contra los platos amontonados y eso hacía que salpicara fuera. Un gran charco de agua se estaba formando a su alrededor. Sus manos sujetaban con fuerza el estropajo, y el jabón se iba diluyendo al contacto con el agua. Su mente se perdía bajo sus pies igual que el agua. Los recuerdos de la guerra le estaban traicionando, una vez más, y se veía a sí mismo cuando en aquella riada la niña pedía auxilio al tiempo que las bombas y las balas atarvesaban los campos de cemento y hormigón. El agua arrasaba. Los heridos y muertos eran arrastrados por la corriente, junto a vehículos y demás artefactos. Los soldados intentaban asirse a cualquier saliente o tejado, pero si el agua no acababa con ellos lo hacía el enemigo, que desde lo alto de la torre del campanario un francotirador no les dejaba descansar mientras los aviones sobrevolaban arrasando con los que aún respirában. La niña supl...