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Mostrando entradas de marzo, 2021

Vida

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Sentado frente en el pantalán veía como el firmamento se iba llenando de infinitas lucecitas parpadeantes. La oscuridad se iba haciendo dueña del momento. La luna no había salido, o por lo menos no se veía en esos momentos. Por lo que la oscuridad era casi total. Había llegado hasta ese lugar y no sabía exactamente dónde se encontraba, aunque a decir verdad le daba exactamente igual. El firmamento era lo único que deseaba y necesitaba. La vida como tal había dejado de existir, al menos como él la entedía. Una parada en el camino para ver anochecer y esa maravillosa bóveda celeste que le recordaba a su amor. Celeste, su chica, así se llamaba. Qué bello recuerdo. Ahora ya nada de eso importaba. El agua era un agujero tan negro como el futuro. Los monstruos acechaban en cada rincón. Uno podría meterse sin saber que se encontraría mordisqueándole los pies. O quizá lo engulliría como atrapa un agujero negro a una estrella y la hace suya. Así veía él su futuro. Se dejaría tragar

El puño de la justa Armonía.

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Se alzaba ante ellos todo un ejército. Sus armaduras eran brillantes como la plata y relucían al sol, deslumbraban. Montaban sobre unos caballos blancos como la nieve y sus armas resplandecían.  Portaban el estandarte de «El Dragón Dorado» de su región. Iban en perfecta formación. Escudo con escudo, defendiendo siempre al compañero y la fila de detrás preparados para sustituirles. Los laterales defendiendo los flancos y los centrales controlando los dardos que llegaban. Los generales desde lo alto dirigían las maniobras y a su señal obedecían sin dudar. Una formación perfecta. Habían estudiado cada paso y cada movimiento hasta la saciedad. No cabía el error. El rebelde Chao, conocido como: «El Puño de la Justa armonía», vestía con harapos, su casco de hierro iba sujeto a su cabeza con una gruesa cuerda y lo lucía oxidado y abollado debido a las muchas batallas que había librado. Su lanza de hierro no resplandecía. Su espada estaba pintada con la sangre de los caídos. Su cab

Un pequeño poblado.

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La tropa se movía impasible, como si la lluvia no existiera, pero existía y los soldados ya experimentados aguantaban sin rechistar, mas por hacerse valer por los de menos rango o para servir de ejemplo a las tropas auxiliares, la mayoría sin experiencia en el campo de batalla; jóvenes de las ahora recién conquistadas tierras. Estaban asustados, y no era para menos. Con las armaduras, de las que no estaban acostumbrados y empapados con la lluvia y si además le agregabas el barro y la desmotivación. El barro se les iba pegando a los pies y cada vez les costaba más andar. Igual que las sanguijuelas iba subiendo hacia arriba; mojada y pegajosa les iba cubriendo. La lluvia se iba colando a través de su ropaje. Ya de nada les servía. Andar en esas condiciones era como nadar contra corriente. Además de ser un blanco perfecto para el enemigo, pero eso apenas importaba para el general. Su regimiento iba en aumento, así como sus conquistas y su fama. Azuzó a su caballo y se adelantó

Bienvenida a casa.

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La noche y sus seres la llevaron hasta la casa. Una casa de madera vieja y moribunda. Los años de abandono se la estaban comiendo. En el porche un columpio yacía sobre su costado derecho y las oxidadas cadenas que lo sostenían se quejaban cada vez que el viento lo mecía. Una lampara sujeta al techo se sacudía ejecutando un perfecto círculo en dirección de las agujas de un reloj y la destrozada puerta de entrada se cerraba y abría con violencia cada vez que una corriente de aire la agitaba. Subió los cuatro escalones que la separaban de la entrada y sujetó la puerta con energía.  Entró en la casa y giró el pomo hasta que la puerta encajó y por primera vez en muchos años la puerta permaneció sin inmutarse. La oscuridad era casi total. Encendió el mechero y buscó algo que le fuera útil. Una pata del recibidor parecía decirle que le sacase de su letargo, que llevaba demasiado tiempo en esa posición. Lo asió y de un tirón extrajo de la ventana las raídas cortinas que se empeñaba

Efímero recuerdo.

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Lo conocí una noche que me invitó a volar. No sabía soñar, pero amaba cada sombra de la esquina, besaba y mordía cada segundo que segía entre nosotros y si algo se lo impedía, o la distancia no le dejaba, no maldecía, rezaba para que todo se solucionara. Si llovía, cantaba; si no llovía, una plegaria rezaba; pura magia era lo que su alma expulsaba. Pasaba por la vida solo, y brillaba, brillaba como un Ángel y aun así se disculpaba si la vida no te sorprendía. Un atardecer, lo vi marchar. Voló con los últimos rayos de sol. Cuando las mariposas se posaron en sus alas, él, despegó. Sin decir adiós. Todo se volvió viejo y gris, el cielo oscureció y el invierno llegó para quedarse y tras el invierno un invierno más largo. Todos esperábamos, albergábamos la esperanza que algún día regresaría y con él la alegría. Un repiqueteo nos despertó, llegó la fría lluvia y con ella el frío viento, que te despeina y te avisa que despertar debes. Los ángeles llegaron a vestir nuestro frío, a