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Mostrando entradas de enero, 2021

Emboscada.

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…Adrián hizo una señal a sus hombres para que se prepararan. Se fueron dividiendo para pillarles por los cuatro flancos. Adrián daría la señal, cuando estuviera seguro de que no había más. El grupo de celtas, parecía no percatarse, de no saber lo que se les venía encima, y así era, aunque Deva tenía a sus arqueras preparadas, vigilando desde los árboles, no habían advertido la presencia de los cinco hombres. Todos estaban esperando la señal. Adrián no veía a nadie más ni siquiera a las arqueras, pero no se fiaba. Su instinto le advertía que había algo o alguien más. —«Si al menos la maldita lluvia cesara por un momento» —Maldecía para sus adentros. Sacó su espada. La bajaría como señal para los guardias pretorianos. Los cuatro estaban pendientes del ademán. Parecía que el tiempo se había detenido. Cuando el inconfundible sonido de un caballo, que provenía desde detrás de ellos, les alarmó. Se giraron raudos, al igual que lo hicieron las arqueras, y vieron a un joven soldado

Coleccionista de recuerdos.

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Tenía la mirada perdida en las pequeñas partículas de polvo suspendidas por toda la habitación. La música relajante del crepitar en la chimenea le absorbía, al igual que el dulce e intenso olor a jazmín que llegaba desde el jardín.  El mundo se había vuelto lento y ligero. Intentó alcanzar con la mano el rayo de sol que incidía sobre la mesita de noche atravesando la ventana, pero el aire parecía denso y pesado, no era capaz de romperlo, su brazo se negaba a despegarse de su cuerpo. Llegaba hasta él el intenso aroma a café.  Intentó recordar su sabor. Cuánto tiempo llevaba recluido en esa cama. El tiempo pasa lento, muy lento, cuando lo único que haces es verlo pasar. Le gusta el silencio de los amaneceres, ese silencio que marca sus melancolías. Si pudiera decir al mundo cómo se siente, que supieran de su presencia. No es un cuerpo, es un alma que quisiera liberarse de su cárcel, cortar la atadura que sujeta sus alas y volar libre, igual que esas motas de polvo que inundan

Deva.

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Fragmento del capítulo 10° de mi próximo proyecto.  ...Deva no hizo caso de su instinto y atraída por su espíritu de Cazadora se adentró en la espesura de la lluvia y atravesó el puente. A su mente llegó el recuerdo de la voz de Ataecina, parecía revivir en ella un augurio, como un mal presagio que le decía una y otra vez que abjurase en su intento de franquearlo, pero hizo caso omiso a tales advertencias y lo que vio le atravesó la columna como un relámpago rasga el cielo. Sintió, de nuevo, el deseo descontrolado de represalia y castigar al causante de sus pesadillas. Como un demonio se alzaba sobre un caballo salido del mismísimo infierno, el hacedor de su lamento: Fearchar degollaba sin piedad a un legionario romano, pero podría haber sido un soldado celta o a cualquier persona que se hubiera cruzado en su camino, sin apenas arrepentirse lo más mínimo por ello. Los romanos eran ahora su escusa para matar; mañana sería cualquier otra. Deva se plantó delante deseosa de que

Un pequeño Ser.

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Tronaron los cielos y las alimañas se estremecieron. Corrieron bestias y dueños a refugiarse tras sus muros, ignorando que la oscuridad se adueñaría de toda el mundo.  Hasta la última grieta en la montaña más alta, no encontrarían escondite donde acabar sus días.  Buscaron algún remedio para desafiar al nuevo Dios, que les devolviera a su antiguo señor, que sus vidas, ahora secuestradas por ese Ser, sediento de sus almas, se fuera, que no volviera, que supiera que no era deseado. Gastaron hasta su última moneda de plata, arrojaron al fuego del abismo de los Dioses del averno a sus seres más queridos, en un intento de hacerles ver que querían volver a tener su antigua vida. Que regresaran sus antiguos amos, que aunque antes los odiaban, igual que los veneraban, los preferían al Ente que ahora los gobernaba. Sacrificios y asaltos arrasaron la tierra. Muertes, violaciones y asesinatos asolaron los páramos. Rezando a dioses que antaño maldecían. Levantando santuarios con los hu