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Mostrando entradas de marzo, 2022

Contemplo el alba

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Contemplo el alba que cambia a cada instante; oscila entre el rojo y un verde intenso. Caminamos juntos, codo con codo, escudo con escudo la espada reluce cuando el sol la baña. Seremos eternos, pues tras nuestra muerte se hablará de nosotros. Hay miedo en nuestra mirada, ella nos observa de frente. El infierno nos reclama, el cielo nos da la espalda. La sangre tiñe nuestros cuerpos, los gritos nos ahogan, la muerte mira sonriente. Hombres y bestias se confunden. Los que viven lloran a sus muertos, los que mueren no saben porque lo han hecho y tras la batalla, cuando otra ocupa su lugar, es el olvido el que mora entre los vivos. Vuelvo a contemplar el alba; es el mismo cielo, pero no los mismos muertos. Asaltando mundos sin piedad, coloreando amaneceres, cada noche siento su presencia y cada mañana muero con su ausencia. Los sueños nublan mis pensamientos, las ánimas me visitan cada mañana; son como hojas que con la brisa vuelan hasta mi cama. Despierto y los muertos repite

Fue el muñeco de la tienda de regalos.

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Todo sucedió hará unas dos semanas, cuando salíamos mi novia y yo del restaurante Saski. Hacía una noche preciosa y habíamos decidido ir andando a casa. Llevábamos dos años viviendo juntos y esa misma noche era nuestro aniversario de convivencia y en cuanto llegáramos a casa estaba dispuesto a pedirle que nos casáramos. Sé que ella lo estaba deseando, aunque a mí me daba igual, nunca me ha interesado regularizar la convivencia, pero lo haría por ella. Ella era toda mi vida, la amaba con locura y ella a mí, me consta. Había llovido y las luces hacen que la ciudad tome un encanto especial y como la temperatura era muy agradable le dije que me apetecía andar. Iba haciendo el payaso, como es mi costumbre, y me paraba en cada farola para imitar a Jim kelly en, Bailando Bajo la Lluvia. Ella se reía y me llamaba tonto, pero acabó cantando conmigo. Recuerdo esa alegría sincera, esa risa estridente, que tanto me gustaba. Esa fue la última imagen que se me quedó grabada a fuego en mi

La batalla de la luna sangrante.

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… la luna sangrante sobresalía entre los montes y un cálido viento sur recorría los campos. Los cuerpos de los soldados estaban empapados debido al calor y a los nervios por la batalla. La hierba formaba olas que a Aldara le recordaba a las de la mar. Los arboles parecían entonar un mágico cántico con el sonido de sus hojas. El silencio era aterrador. Ningún bando se movía. Nadie se atrevía a emitir sonido alguno y solo media docena de urracas osaron romperlo. Aldara se arrodilló, extrajo un matojo de hierbajos y olió la tierra húmeda. Un lobo aulló en la lejanía y otro respondió a su llamada, parecían anunciar que la mesa estaba puesta, y no se equivocaban, pronto urracas y lobos se repartirían el festín. El Soldado de Bronce dirigió un último vistazo a la luna roja que se alzaba cada vez más grande y dos buitres quisieron ser árbitros en la contienda. Los dioses habían encendido sus hogueras, esa noche no tomarían parte, serían meros testigos de lo que allí acontecerá. 

Reencuentro

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... Crewe y su grupo llegaban hasta el límite, donde la tierra y la mar forman una perfecta comunión. Estaba cansado. Cansado de pelear para no llegar a nada. Cansado de que todo lo bueno que llegaba a su vida se desvaneciera como la espuma de la mar cuando chocaba contra las rocas. Se sentó ante la inmensidad de la mar. Dejó a un lado su mandoble. Le pesaba, le pesaba demasiado, no por su dimensión, sino por toda esa sangre derramada, era ya hora de dejarla reposar, se lo merecía, igual que él merecía un poco de paz. Ahora miraba al mundo desde otro ángulo, con otros ojos. Desde que conociera a Ceridwen el mundo había cambiado y ahora lo veía claro. Había sido necesario su partida para verlo: fue una explosión de colores que ascendía para luego caer expandiéndose. Los aromas se unieron formando un nudo en su boca y se liberaron para formar su propio universo. Olores que se esparcían por sus fosas nasales (Crewe llegó a pensar que podía tocarlo).  Surgió desde muy dentro co

Carta de un desertor.

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La noche se nos había echado encima. La lluvia caía sobre nosotros como si el cielo se hubiera roto, los cascos ya no nos protegían del agua y decidí quitármelo para poder ver. Durante toda la tarde estuvimos parapetados tras un carro de combate que yacía humeante en medio de la maldita plaza. Un francotirador nos mantenía a raya. El sargento y el soldado de primera habían caído nada más comenzar el asalto a la plaza. Solo quedábamos dos soldados recién llegados al frente y yo. La radio se había hecho añicos junto al carro y no había más opción. Tenía que hacerme con ese tirador o morir en el intento. Era el momento. Hacía ya media hora que no se escuchaba ningún disparo. Indiqué a mis compañeros lo que me proponía: correr hasta la esquina e ir por detrás. Había visto unas ventanas bajas por donde escalar. Diez minutos más tarde me encontraba en el último piso. Mis botas crujían al pisar los cascotes del suelo. Me descalcé, aun a riesgo de cortarme los pies, cosa que sucedi