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El olvido.

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Quedó impregnado el aroma en mi piel, era el único recuerdo que se adhirió en mí. Los recuerdos llegan cuando el olvido se hace fuerte, cuando lo último en lo que piensas es en una imagen, un aroma, una despedida. Surgen entonces esos abrazos que nos apartaron del camino, que crearon una sombra, una espera que se convirtió en esperanza, como la espada del destino. Esperando un adiós que nunca llega, recordando el frío que guardas tras las flores secas. Y aquí me encuentro devolviendo al camino los pasos que nunca di. Las hojas secas de aquel otoño se acumulan en mis zapatos. Recojo los trozos rotos y los elevo al aire. Sujeto la mirada hacia el horizonte, que se pierde entre las murallas del pueblo en el que nací. Ya no reconozco las paredes que me impedían salir, ya no saben los árboles las historias que contaron de mí, ya la gente de aquellas edades miran al suelo que les reclama el tiempo vivido. Yo que viví en estos campos, que decidí no morir en esta mazmorra de libert...

El rumor de las olas.

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... Las olas rompen con fuerza contra las rocas y el sonido le relaja aún más, y le gusta, le gusta la tranquilidad que se respira. Nos sentamos ante el fuego, la mar, el fluir del viento, a escuchar el sonido de los árboles moverse con él, e ignoramos el motivo de por qué nos hipnotiza, de por qué nos relaja, nos estimula, nos inspira. La naturaleza no repite las sintonías, no hay una ola de mar igual a otra, cada una de ellas estalla produciendo una nota diferente, provocando un cambio en el aire que esparce sus diminutas gotas alzándolas para después caer. Cada sombra provocada por la llama se dibuja de un modo diferente, el crepitar del fuego son como notas musicales que entonan melodías infinitas. Los árboles mueven sus hojas provocando innumerables sonetos, palabras de multitud de canciones. Ninguna de ellas desafina y sus orquestas saben que nota tocar en cada momento sin la necesidad de la batuta de su maestro. Y su imagen jamás se repite, no hay una película más va...

Príncipes de barro.

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Nos dejábamos caer en el parque de los Arrantzales, un barrio que parecía situado en la cima del mundo, por encima del nuestro, como un nido de águilas, donde íbamos a jugar. Casas del color del rojo óxido, las casa de los pescadores, las llamaban, con su parque de hierro, también rojo. Donde las tardes se escapaban igual que centelleantes estrellas fugaces, efímeras, pero intensas tardes de risas y juegos. Algunos niños del barrio nos increpaban, intentaban echarnos del lugar, no era nuestro barrio y menos eran nuestras amigas las niñas a las que seguíamos. Nos retaban, cosa a la que jamás nos negábamos, pues éramos los príncipes a los que las princesas esperan mientras descansan tras su torre, tras ese duelo a muerte. Y ahí, en su feudo nos esperaban, nos observaban, queriendo saber si éramos dignos contrincantes y los elegidos para tomar su mano. Éramos la envidia por estar con ellas y lo sabíamos. Las madres del barrio nos miraban mal, como arpías, éramos el enemigo al ...

Tic, tac.

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Tic, tac. Llega nuestra mar en silencio, marea negra, salpicando nuestras orillas, dejando muerte a su paso, tragando plástico, surcando el viento. Tic, tac. Llega con los lamentos de una tierra baldía, de un océano sin vida. Tic, tac. Las olas chocan contra la arena, arrastrando los lamentos de unos seres que suplican. Tic, tac. Llegan lágrimas de culpa y de codicia, que se mezclan con esa agua ya maldita, escondidas por la culpa de un mundo que observa y calla, y se lava las manos, como Judas, en un agua ya podrida. Tic, tac. Muere esa mar, muere esta tierra, mueren animales y plantas y pronto la humanidad. Tic, tac. Almas corruptas llenas de codicia, se unen a los que no miran. Hombres y mujeres que gritan para que: «¡paren ya!», mientras escupimos petroleo y con nuestros teléfonos nuevos grabamos a los que corrompen nuestro universo. Tic, tac. Me tapé los oídos para escuchar al niño que llevo dentro, dejé de oler por recordar lo que me dejé, tapé mis manos y así sentir ...