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Mostrando entradas de febrero, 2024

Predadoras.

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El cigarro se consumía entre los dedos de Raquel. —«La noche se hace larga cuando no esperas nada y tan solo te queda, precisamente eso, esperar, esperar que un milagro, o el destino, te saque de esta rutina, de esta vida sucia y sin esperanza, donde el único amor que esperas es el de un tipo al que no conoces. Por un puñado de euros te doy mi alma, forastero». Esperaba que llegara, un tipo más, que pagaba por adelantado. Esto era lo bueno de las nuevas tecnologías. ¿Lo malo? Que no sabías qué o quién era hasta que le abrías la puerta. Tampoco era tonta y nunca quedaba en su casa, tenía un apartamento en las afueras, que había pagado con su cuerpo y lo usaba exclusivamente para estos menesteres.  Llegaba tarde, pero tampoco le importaba, había pagado por una hora y una hora tendría, llegase o no, y ahora mismo le quedaba media, luego debía irse. Por fin llamaron a la puerta. —Está abierta, pase. —Raquel ya estaba medio desnuda, tan solo con la ropa interior y unos zapatos d

El olvido.

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Intentando atrapar una sonrisa, me topé con los sueños, los contemplaba, sabiendo que eran ajenos, me contagié de su felicidad. Vi estrellas moribundas en su mirada, vi la vida pasar ante su alma, y bailar a las estrellas hasta que llegó el alba. Sentí la brisa marinera en su cara, soñó con un beso y sacié así su sed. Por eso volví, aunque no soplara a favor el viento, por eso regresé, aunque nadie se acordara de que alguna vez aquí moré. Caí y me levanté y entonces recordé, que caminaba hacia el acantilado, empujado por las olas, las mismas que me expulsaron. Seguí el camino marcado, y me perdí, aun estando a su lado. Aprendí a reír y llorar, aprendí que las oportunidades pasan, pero no los que a tu lado están, que hay que saber esperar, a que no hay que dejar de soñar, para que la vejez no te alcance; para ser eterno hay que luchar y morir por alguien; que prendes cuando te equivocas y no cuando lo hacen los demás; que la felicidad se gana cuando abres las alas y saltas s

La muerte vestida de gala

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No cabían más sueños en esa luz que anunciaba la penumbra donde las pesadillas les alcanzaban. Sombras que se acercaban, como monstruos de la barbarie que llegaba. El silencio recogía esas palabras que un día lanzaron, sin importarles si se quedarían clavadas en su alma, o si con ellas enterrarían al que un día fueron, ni la lluvia más fina, ni el mayor de los temporales limpiarían sus corazones, ya sucios y maltrechos, donde un día les dieron besos y esparcieron las caricias ensuciando de mentiras su cuerpo. El sol atravesaba los pétalos de la flor, que atraída por el cálido aire se esforzaba en levantarse, sin saber que eso que le llamaba era la muerte vestida de gala. Viejos suspiros que envolvían llantos de soledad, que ahogaban mares de otoño y de inviernos de fría tempestad. No importaba dónde lloviera, de nada valía el corazón del trovador, si la muerte llegaba con el alba. La lluvia arrastraba lamentos de padres e hijos, la muerte alcanzaba al que con ella se cruzar

El odio.

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—¿Y qué sucedió? —El niño se sentaba junto a su padre, observando las montañas que se extendían hasta donde la vista alcanzaba. —Lo cierto, hijo, es que ya nadie recuerda lo que pasó. Mi cabeza ya no es lo que era y lo último que recuerdo era estar, como estamos tú y yo ahora, con mi padre. »Más allá del horizonte, el monte acariciaba nuestra estrella y se la llevaba. Los supervivientes de la batalla acudían cada noche para reponer fuerzas. —«De noche no se lucha»— decían. Las mujeres preparaban sus ungüentos, y acudían con sus alimentos, mientras los niños y ancianos ayudaban. A mí me gustaba sentarme con mi padre y él me iba instruyendo en el arte de la guerra. Me contaba de esos encuentros, de las batallas y de cuando las tribus se unían para hablar, parlamentar y decidir, pero algo sucedió, más allá de lo que hombres y mujeres recuerdan, algo que hizo que el odio creciera en el alma de nuestras tierras, y ese odio se extendió, como un río cuando se desborda, y envenenó