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Keltoi – La promesa de Esgàire.

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Fragmento del capítulo 8° de mi nuevo proyecto.  ... En la lejanía, un grupo de soldados Celtas, comandados por un monstruo llamado: Fearchar Seaghach, destruían un poblado Keltoi. Lo arrasaba.  Un trueno llamó la atención de Fearchar. Su caballo se levantó sobre sus cuartos traseros y relinchó. Fearchar intentó tranquilizarlo. Fijó su vista hacia el desfiladero y un relámpago iluminó lo que parecía una legión romana con sus «cohors» en cabeza. Fearchar sonrió. Tenían trabajo. Si algo le gustaba era cortar las cabezas de esos soldados traidores a sus padres. Jóvenes que se enrolaban como tropas auxiliares en la legión romana, dispuestos a morir por alguien que ha matado a su familia.  A Fearchar no le gustaba la gente. Odiaba a todo el mundo, pero odiaba más a los débiles de cuerpo y alma. Escupió en el suelo y levantó su mandoble. Un rayo cayó cerca de él, derribando un viejo roble y, una minúscula chispa brotó hacia su mandoble, lo que hizo que sus soldados ...

Re cordis.

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Un retazo del capítulo 7 de mi libro: «Re cordis». ...—Eso es, Ander —su voz se iba apagando y él iba despareciendo —Veo que vas recordando. ¿Te acuerdas que quisimos hacer lo mismo? Y descubrimos que era imposible, porque el agua cae con mucha fuerza y está muy fría, pero si que pudimos pasar al otro lado de la cascada y ver el mundo a través de una cortina de agua. Ahora debes seguir recordando. Ya casi está, viejo amigo. Su figura se fue apagando hasta desaparecer. Ya me quedé solo, solo con el silencio, escuchando los secretos que la noche me contaba entre susurros, sólo conseguía escuchar imperceptibles palabras, que como un cántico se deslizaban  y me entonaban enigmáticas plegarias. Atrevida inocencia mía de pedirte lo que por derecho pertenece a la noche y a sus obscuros misterios. —«¡Silencio!» —Volvía a gritarme la oscuridad, que interrogantes escondes tras tus muros, gritan mi nombre y las almas se estremecen al oírlo, me esperan tras sus murallas, impaciente...

monstruos.

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Si nos preguntan: ¿Dónde se esconden los monstruos? Muchos responderán, quizá influenciados por la literatura o por los filmes de terror, que están en las mansiones apartadas en medio del bosque, o quizá en los cementerios o en lugares donde ha ocurrido un asesinato violento; o como apuntó Francisco Goya: «El sueño de la razón produce monstruos».  Pero si nos fijamos bien están con nosotros, viven con nosotros desde siempre, a nuestro alrededor. Se disfrazan de seres normales, visten como nosotros, actúan como nosotros e incluso tienen vidas similares a la nuestra. Quizá, quién sabe, nuestro vecino sea uno de ellos, la mujer a la que cedes el asiento en el autobús o puede que el niño que ves llorando porque sus padres han castigado, o tu pareja, ¿Quién sabe? Si te fijas bien, tras dar la vuelta a la esquina de tu calle, y tras esconderse en las sombras, sale a la luz su verdadera identidad. Esos monstruos no son como los de los cuentos que nos contaban de pequeños, son ...

ya no es otoño, ya llegó nuestra Abril.

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Ya no es otoño Ya en nuestra vida la primavera apareció Abril a nuestra vida llegó  Para despertarnos E instalarse en el corazón Suenan las campanas Que el mundo sepa que hay una nueva estación Es "Abril", que en este mundo de lágrimas apareció Para alegrarnos, para decirnos Que la vida sigue Que aún tenemos solución Ya llegó nuestra Abril Lloviendo sobre nuestras almas Y gritando: ¡QUÉ EL MUNDO SE ENTERE, LLEGUÉ PARA QUEDARME! Esa es mi primera misión Luego vendrán otras Pero eso será en otra estación Bajo el manto de la noche En el último pétalo de un verso de mil colores Acurrucada al cobijo del Árbol Bajo la fina lluvia de nuestra esperada Abril Lejos, muy lejos, separados por multitud de brazos deseosos de abrazos Viene con el viento Desnuda nuestras almas Viene con el viento  Atravesando el tiempo, recortando estaciones, moviendo cielos para llegar al verano sin pasar por el invierno Viene con el viento Dibujando la linea que separa el cielo Viene con el vi...

Nada queda tras el olvido

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La vida pasaba despacio entre risas y llantos. Al cobijo del soportal, con la música de Jetro Tull, Santana, David Bowie o Supertramp sonando en un viejo walkman que situábamos entre nosotros. El tiempo no existía, la vida se agarraba y se consumía, como se consumían los porros, saboreando cada calada. Junto a la parada de taxis el camión de reparto, cada noche lo dejaba estaciondo. Era una oporunidad. Nos colábamos en él. Sólo había que levantar el toldo y dar con el lugar donde se escondían los batidos. Creimos tener el mundo a nuestros pies, creimos ser inmortales, creimos que nunca acabaría, pero llegó el momento de la despedida, Siempre llega. «Todo encuentro es el comienzo de la despedida», dice una máxima Budista. No hay nada más cierto.  El primero en irse fue (…), se marchó sin más. Sin despedirse. Una noche mientras degustábamos una botella de leche, los batidos se habían terminado, el chofer del camión lo vio. Fue tras él y al cruzar la calle… zas, de un plum...

La luz.

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La noche solitaria y la luna nueva caían como una losa sobre mí, y al entrar en el cementerio, los goznes del portón sonaron anunciando, a los seres que allí vivían, que un extraño ser había roto su descanso. Dejé la puerta entornada, para que no se escucharan más lamentos. Cada sombra me anunciaba un extraño ser que me vigilaba, cada ruido de sus habitantes nocturnos, aves, roedores, grillos y demás especies, me sobresaltaba y me encogía, escondiéndome en cada esquina que encontraba, como si los muertos pudieran verme o escucharme.  No sé porqué razón, cuando yo nunca he creído en fantasmas ni aparecidos, sin embargo, me aterraba la idea de que una mano invisible pudiera cogerme por detrás y arrastrame al inframundo. Notaba un aliento fétido en mi nuca y a cada paso miraba hacia atrás por si me seguían. Un escalofrío recorría mi cuerpo y mi vello me advertía que no flanqueara la gran tumba que tenía frente a mí. Me detuve y dudé si hacerlo o no. Al hacerlo la luz de la...

quizá no esté todo perdido.

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Era curioso. Ya no escuchaba ni me alteraba el sonido del tráfico en la ciudad, ni siquiera el murmullo de la gente al hablar bajo mi ventana, ni el estridente sonido del martillo eléctrico de la obra que sonaba desde hace días frente a mi calle, pero el lejano canto de un gallo me había levantado esa mañana. Sonaba la campana de la iglesia que daba los buenos días. Las siete de la mañana. Y los pájaros alegraban mi despertar. Había olvidado todos esos sonidos, al igual que había olvidado la fragancia de los pinos. Al abrir la ventana vino a mí ese inconfundible olor a hierba mojada por el rocío, ese aroma inconfundible a lavanda, incluso el olor a estiércol que me inundaba me era agradable en ese momento. Me hizo recordar esos momentos de mi niñez. Echaba de menos el olor de la leche recién hervida, rebosando en la cazuela y recogiendo con la cuchara la nata que se desbordaba de ella.  Corríamos hacia el colegio, mochila en la espalda y canicas, chocando locas, en los ...