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Cyaram Mèin. El soldado sin alma. (VIII).

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Todos estaban en sus puestos. Los soldados Romanos en perfecta formación tortuga, esperando al ataque enemigo. Apolonio, desde la muralla, instruía a sus hombres, mientras se vestía para la batalla. No llegaban noticias desde Roma y ya no podía esperar más. El enemigo se acercaba y, la maldita lluvia, de nuevo. —¡Arqueros! ¡Preparaos! —Los arcos se tensaron—. ¡Lanceros! ¡No dejéis que se acerquen! —Apolonio subió a su fiel caballo—. ¡Caballería! ¡A mi orden, atacad! En la lejanía un numeroso grupo de Celtas se reunía en lo alto de una loma, con Cyaram a la cabeza. El gigante lo parecía más encima de su carruaje tirado por dos caballos, que iban adornados con las cabezas decapitadas de sus víctimas, para asustar a los Romanos y como ofrenda a su diosa, Tuatha De Danann. Junto a él, Otra diosa a ojos de todos, Dior. Su melena roja la confería un aspecto más fiero. Ambos llevaban lanzas y espadas. Cyaram se sujetaba atado a un poste, cosa que no veían, porque lo tapaban sus ropaj...

cyaram Mèin. El soldado sin alma. VII

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Los soldados romanos temían a "los salvajes", así llamaban a los clanes Celtas, pero ellos así mismos se denominaban por el nombre de donde procedían. Los últimos clanes que aún quedaban eran los "Astures". éstos eran mucho más altos que los Romanos y cuando entraban en batalla lo hacían semidesnudos, gritando como posesos y pintándose el cuerpo y la cara. Blandían sus espadas por encima de sus cabezas. Mientras que los Romanos eran disciplinados y bien preparados para el combate en grupo. Una máquina perfecta para la guerra, pero para lo que no estaban preparados era para las guerrillas, y en eso los Astures eran especialistas. No tenían adónde ir. Habían perdido todas las tierras y todos los caminos y montes estaban rodeados por legiones de Roma. Los Romanos estaban ganando la guerra contra los Celtas, tan sólo un pequeño grupo sobrevivía en el norte de España y Julio Cesar montó un campamento de legionarios en lo que hoy se denomina León, precisamente por...

Cyaram Mèin. El soldado sin alma. (VI).

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Mientras, los asesinos Pretorianos, con un grupo importante de soldados, arrasaban las aldeas a las que llegaban. Los pobres campesinos no tenían ninguna posibilidad, hasta que llegaron a Pendía. En el poblado vivían numerosas familias. Habían escuchado que unos soldados se dirigían hacia ellos y se prepararon. Entre el grupo estaba Cromwell. Un antiguo soldado Celta. Se reunieron antes de su llegada en la plaza. —Sólo tenemos una posibilidad —les animaba a hombre y mujeres—. Ellos son superiores a nosotros y poseen mejores armas, pero no esperan que les hagamos frente. Atacaremos  sin previo aviso, cuando yo os diga, y en cuanto os vuelva a dar aviso, nos retiraremos. No os puedo prometer la victoria, pero si no atacamos nos matarán igualmente. Coged cualquier cosa que pueda servir de arma, los que no la tengáis —así se hicieron con azadas, palos que convirtieron en lanzas, hachas y horcas. Cuando los soldados llegaron vieron a un grupo de ancianos atemorizados que los espe...

Cyaram Mèin. El soldado sin alma (V).

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Dior, corrió hasta el establo, allí le esperaba su fiel perro, un lobero Irlandés o Cú Faoil. El perro se irguió expectante. —Sceolan. Tenemos una tarea que cumplir —El perro gruñó y una vez suelto siguió a su dueña. Pensó en coger el caballo, pero creyó que sería fácil seguir su rastro y en el bosque no era de mucha ayuda, pues era muy espeso y no podría cabalgar con normalidad. Si algo bueno había sacado de los Romanos era correr largas distancias. Recordaba cuando la cogieron siendo muy joven y la convirtieron en esclava. Ese viejo gordo que la violó, una y otra vez, hasta que se cansó de ella y la vendió. Su suerte cambió a partir de ese momento. Un legionario la compró y le hizo ciudadana de Roma. Él era distinto a todos los hombres que había conocido. Le enseñó el arte de la guerra. La entrenó como a un legionario, en contra de lo que le decían. Largas carreras con pesadas cargas y peleas interminables. —Yo no viviré para siempre. Puede que muera en alguna batalla —le dec...

Cuaram Mèim. El soldado sin alma (IV).

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—Señor —el soldado se postraba de rodillas ante Apolonio—, han regresado todos los soldados menos los cuatro que mandasteis al poblado de Selorio. —Es ahí donde debéis buscar. Andad con cuidado. Escoged a media docena de los mejores soldados e id a buscar a vuestros compañeros. Interrogad a quién encontréis. Sin contemplaciones. Esos bastardos son capaces de esconderle y de mataros si os descuidáis. Wilfredo recorrió el campo de entrenamiento. Buscaba soldados hábiles, valientes y grandes. Ese Celta era un gigante y si querían acabar con él, deberían ser soldados semejantes a ese monstruo. Los soldados entrenaban con fuerza, incluso muchos salían heridos de los entrenamientos, pero Wilfredo no encontraba lo que buscaba, todos esos hombres, aunque fornidos y valientes no se acercaban a la estatura de Cyaram. —Señor, creo que no encontrará aquí lo qué busca —Un hombre viejo y enjuto miraba a Wilfredo. Era pequeño y no parecía un soldado, más bien asemejaba un letrado, alguien q...

Cyaram Mèin. El soldado sin alma (III).

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Cyaram no andaba mejor que los soldados caídos, en la lucha le hirieron y si no se curaba pronto, él caería sin remedio también. Iba lo más rápido que podía. Llegó hasta el río y vio como zarpaba su barco, le habían dejado allí, sus hombres no le esperaban, creyéndole muerto zarpaban, esas eran sus propias órdenes. Mientras iba a la batalla recordó ver en un campo cercano una extensa plantación de Aloe Vera, decían de ella que era milagrosa y la mejor medicina para sanar las heridas. Volvió sobre sus pasos y tras media hora de camino allí lo vio, una plantación en unas tierras que no eran las apropiadas, quizá no fueran todo lo buenas que esperaba, pero no disponía de nada mejor. Cortó unas cuantas plantas y esparció su jugo por las heridas en brazos, cuello y vientre. Ahora debía refugiarse en algún lugar. Frente a él una cabaña de madera y una cuadra. Echó un vistazo a su interior. No había nadie. Abrió la puerta espada en mano, pero estaba vacía, quizá sus ocupantes ha...

Cyaram Mèin. El soldado sin alma (II).

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La noticia corrió como un caballo desbocado y pronto llegó a oídos de Cyaram. —Greum —llamó Cyaram a un soldado—. Por todos los dioses. Llama a todos y cada uno de los soldados que estén dispuestos a servirme. Greum, saltó sobre su caballo y le incitó a correr. La noticia de que el rey Cyaram necesitaba ayuda no se hizo esperar, y fueron muchos los hombres que llegaron desde distintas tierras. Tierras también arrasadas por el imperio Romano. Unas semanas después un gran número de Celtas se reunía cerca del Castro. —Somos inferiores en número. No os prometo la victoria. El que quiera irse está a tiempo, no se lo impediré —Cyaram, subido a su caballo hablaba a una multitud ávida de sangre—, pero una cosa sí os prometo, ¡VENGANZA! Todos alzaron sus espadas clamándola. Llegaron hasta el Castro, donde los Romanos esperaban. Los Romanos salieron en su busca y fue donde Cyaram cometió el error de atacar en campo abierto, donde la legión era superior. Los Celtas eran ex...