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Emboscada.

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…Adrián hizo una señal a sus hombres para que se prepararan. Se fueron dividiendo para pillarles por los cuatro flancos. Adrián daría la señal, cuando estuviera seguro de que no había más. El grupo de celtas, parecía no percatarse, de no saber lo que se les venía encima, y así era, aunque Deva tenía a sus arqueras preparadas, vigilando desde los árboles, no habían advertido la presencia de los cinco hombres. Todos estaban esperando la señal. Adrián no veía a nadie más ni siquiera a las arqueras, pero no se fiaba. Su instinto le advertía que había algo o alguien más. —«Si al menos la maldita lluvia cesara por un momento» —Maldecía para sus adentros. Sacó su espada. La bajaría como señal para los guardias pretorianos. Los cuatro estaban pendientes del ademán. Parecía que el tiempo se había detenido. Cuando el inconfundible sonido de un caballo, que provenía desde detrás de ellos, les alarmó. Se giraron raudos, al igual que lo hicieron las arqueras, y vieron a un joven soldado ...

Coleccionista de recuerdos.

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Tenía la mirada perdida en las pequeñas partículas de polvo suspendidas por toda la habitación. La música relajante del crepitar en la chimenea le absorbía, al igual que el dulce e intenso olor a jazmín que llegaba desde el jardín.  El mundo se había vuelto lento y ligero. Intentó alcanzar con la mano el rayo de sol que incidía sobre la mesita de noche atravesando la ventana, pero el aire parecía denso y pesado, no era capaz de romperlo, su brazo se negaba a despegarse de su cuerpo. Llegaba hasta él el intenso aroma a café.  Intentó recordar su sabor. Cuánto tiempo llevaba recluido en esa cama. El tiempo pasa lento, muy lento, cuando lo único que haces es verlo pasar. Le gusta el silencio de los amaneceres, ese silencio que marca sus melancolías. Si pudiera decir al mundo cómo se siente, que supieran de su presencia. No es un cuerpo, es un alma que quisiera liberarse de su cárcel, cortar la atadura que sujeta sus alas y volar libre, igual que esas motas de polvo qu...

Deva.

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Fragmento del capítulo 10° de mi próximo proyecto.  ...Deva no hizo caso de su instinto y atraída por su espíritu de Cazadora se adentró en la espesura de la lluvia y atravesó el puente. A su mente llegó el recuerdo de la voz de Ataecina, parecía revivir en ella un augurio, como un mal presagio que le decía una y otra vez que abjurase en su intento de franquearlo, pero hizo caso omiso a tales advertencias y lo que vio le atravesó la columna como un relámpago rasga el cielo. Sintió, de nuevo, el deseo descontrolado de represalia y castigar al causante de sus pesadillas. Como un demonio se alzaba sobre un caballo salido del mismísimo infierno, el hacedor de su lamento: Fearchar degollaba sin piedad a un legionario romano, pero podría haber sido un soldado celta o a cualquier persona que se hubiera cruzado en su camino, sin apenas arrepentirse lo más mínimo por ello. Los romanos eran ahora su escusa para matar; mañana sería cualquier otra. Deva se plantó delante deseosa de...

Un pequeño Ser.

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Tronaron los cielos y las alimañas se estremecieron. Corrieron bestias y dueños a refugiarse tras sus muros, ignorando que la oscuridad se adueñaría de toda el mundo.  Hasta la última grieta en la montaña más alta, no encontrarían escondite donde acabar sus días.  Buscaron algún remedio para desafiar al nuevo Dios, que les devolviera a su antiguo señor, que sus vidas, ahora secuestradas por ese Ser, sediento de sus almas, se fuera, que no volviera, que supiera que no era deseado. Gastaron hasta su última moneda de plata, arrojaron al fuego del abismo de los Dioses del averno a sus seres más queridos, en un intento de hacerles ver que querían volver a tener su antigua vida. Que regresaran sus antiguos amos, que aunque antes los odiaban, igual que los veneraban, los preferían al Ente que ahora los gobernaba. Sacrificios y asaltos arrasaron la tierra. Muertes, violaciones y asesinatos asolaron los páramos. Rezando a dioses que antaño maldecían. Levantando santuarios c...

Keltoi – La promesa de Esgàire.

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Fragmento del capítulo 8° de mi nuevo proyecto.  ... En la lejanía, un grupo de soldados Celtas, comandados por un monstruo llamado: Fearchar Seaghach, destruían un poblado Keltoi. Lo arrasaba.  Un trueno llamó la atención de Fearchar. Su caballo se levantó sobre sus cuartos traseros y relinchó. Fearchar intentó tranquilizarlo. Fijó su vista hacia el desfiladero y un relámpago iluminó lo que parecía una legión romana con sus «cohors» en cabeza. Fearchar sonrió. Tenían trabajo. Si algo le gustaba era cortar las cabezas de esos soldados traidores a sus padres. Jóvenes que se enrolaban como tropas auxiliares en la legión romana, dispuestos a morir por alguien que ha matado a su familia.  A Fearchar no le gustaba la gente. Odiaba a todo el mundo, pero odiaba más a los débiles de cuerpo y alma. Escupió en el suelo y levantó su mandoble. Un rayo cayó cerca de él, derribando un viejo roble y, una minúscula chispa brotó hacia su mandoble, lo que hizo que sus soldados ...

Re cordis.

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Un retazo del capítulo 7 de mi libro: «Re cordis». ...—Eso es, Ander —su voz se iba apagando y él iba despareciendo —Veo que vas recordando. ¿Te acuerdas que quisimos hacer lo mismo? Y descubrimos que era imposible, porque el agua cae con mucha fuerza y está muy fría, pero si que pudimos pasar al otro lado de la cascada y ver el mundo a través de una cortina de agua. Ahora debes seguir recordando. Ya casi está, viejo amigo. Su figura se fue apagando hasta desaparecer. Ya me quedé solo, solo con el silencio, escuchando los secretos que la noche me contaba entre susurros, sólo conseguía escuchar imperceptibles palabras, que como un cántico se deslizaban  y me entonaban enigmáticas plegarias. Atrevida inocencia mía de pedirte lo que por derecho pertenece a la noche y a sus obscuros misterios. —«¡Silencio!» —Volvía a gritarme la oscuridad, que interrogantes escondes tras tus muros, gritan mi nombre y las almas se estremecen al oírlo, me esperan tras sus murallas, impaciente...

monstruos.

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Si nos preguntan: ¿Dónde se esconden los monstruos? Muchos responderán, quizá influenciados por la literatura o por los filmes de terror, que están en las mansiones apartadas en medio del bosque, o quizá en los cementerios o en lugares donde ha ocurrido un asesinato violento; o como apuntó Francisco Goya: «El sueño de la razón produce monstruos».  Pero si nos fijamos bien están con nosotros, viven con nosotros desde siempre, a nuestro alrededor. Se disfrazan de seres normales, visten como nosotros, actúan como nosotros e incluso tienen vidas similares a la nuestra. Quizá, quién sabe, nuestro vecino sea uno de ellos, la mujer a la que cedes el asiento en el autobús o puede que el niño que ves llorando porque sus padres han castigado, o tu pareja, ¿Quién sabe? Si te fijas bien, tras dar la vuelta a la esquina de tu calle, y tras esconderse en las sombras, sale a la luz su verdadera identidad. Esos monstruos no son como los de los cuentos que nos contaban de pequeños, son ...