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La fábrica de hielo, La Luna y la hoguera de San Juan.

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Fue un gran año. Por entonces sonaba «The boxer», cantado por «Simon and Garfunkel». Vi la llegada del hombre a la luna, mientras mi madre planchaba y yo devoraba un bocata de chorizo de «plampona», así es como lo llamaba la Señora Eladia, todos coincidíamos en que era más complicado decirlo de esa forma. Una tienda cerca de mi casa regentaba por Eladia y su hermana, que tenían la vivienda encima de dicha tienda, y que si un día tenías una urgencia las llamabas y te atendían, siempre con una sonrisa. Llegaba del colegio y si en casa no había nadie, bajaba a La Eladia, y le pedía que me hiciera un bocata, luego, ya pasaría mi madre a pagarpagar.  (Ahora hay una tienda de móviles regentada por pakistaníes).  En el barrio convivían ultramarinos, carnicerías, pescaderías y hasta la fábrica de hielo. A mí me daba miedo ver cómo pasaban los grandes bloques de hielo junto a mí cuando acudía a comprar. Además del insoportable olor a amoniaco. El vendedor los atrapaba con u...

El peso del pasado.

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... Deva se acercó hasta un grupo de tres mujeres y tres hombres que bebían junto a una fogata. Las manos de los hombres se deslizaban bajo los ropajes de las guerreras. Ellas hacían lo mismo. Deva sabía que la noche iba a ser larga para todos, pero debían estar despiertos y despejados llegado el momento, aunque también sabía que muchos no llegarían a ver la siguiente luna, por eso nada dijo y se unió a la fiesta. Ella también necesitaba sentir amor, aunque solo fuera carnal. Necesitaba sentir que estaba viva y sentirse deseada. Una hora y varias cervezas después, cualquiera que hubiera visto al grupo no hubiera sabido dónde comenzaba un cuerpo y terminaba el de otro. Adrián miraba desde su prisión la escena y deseó formar parte de ellos, así que prefirió cerrar los ojos e intentar dormir. Pero las sombras del pasado pesan demasiado sobre los hombros y los fantasmas que habitan en esos lugares nos visitan cuando nos perdemos en ellas. Adrián era un hombre duro, hecho a base...

vivir sin miedos.

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Es esa luz del atardecer. Cayendo tras el horizonte, triste y melancólica sinfonía de colores repartida por el cielo que nos hace recordar. Volver es lo que quiero. Regresar sobre ese sendero. El relajante sonido de las olas al golpear la playa me proporciona ese relax que me hace falta en esta noche que no acaba. Las lágrimas nacen y se secan en mi cara, como segmentos de páginas inacabadas. Son esos recuerdos que el viento aleja, esas risas y llantos en el aire que se acercan y alejan, igual que las olas. Son todas esas vivencias en esta tierra mojada. Se alejan las luces en el agua. La vida sigue y yo con ella. Cuento mis secretos a mi almohada viajera.  —Te marchaste, así, sin más. Te fuiste. ¿Cómo diantre quieres que me sienta? Sentada en el pantalán lo vi. Ahí estaba, esperando algo, cómo si no me hubiera hecho ya suficiente daño. —Las despedidas son siempre duras, pero debes dejarme ir. —Su pelo se mecía con el aire y llevaba puesta esa sonrisa que me enamoró. —¿...

Lo que la niebla esconde.

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... —Esa niebla tiene algo que no me agrada, Ceridwen. Es fría y húmeda y parece arrastrar lamentos de tierras extrañas, como si los seres del Otromundo estuvieran intentando pasar a este —Crewe hablaba divertido, pues sabía de los miedos de Ceridwen a la niebla. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Ceridwen. —No hables de ellos a la ligera, Crewe, puede que tengas razón. Sabes que el agua, y en especial los ríos, son la puerta de acceso para pasar al Otromundo. Y ahora que nuestros mundos se han mezclado no sé muy bien dónde se encuentra el límite. Conocí un lugar donde las historias de mitos y leyendas se confundían con el mundo de los mortales. Donde dioses y hombres convivían sin problemas. —Sloane gruñó de nuevo. Ceridwen no sabía si era a la niebla o al soldado que se acercaba. Crewe sacó su mandoble—. Tranquilo Crewe. Deja que se acerque. No creo que pueda hacernos nada y no creo que lo intente. Está más muerto que vivo —Crewe enfundó de nuevo su mandoble, pero se man...

Nunca te abandonaré.

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Aquel atardecer, mientras saboreaba la que sería mi última taza de café frente a la ventana, miraba caer la lluvia sobre el cristal. El calor de la habitación, avivado por la chimenea, hizo que apareciera el corazón que dibujó con nuestros nombres. Apareció ante mí para recordarme lo que un día fue, mejor dicho, lo que pudo haber sido. Una silueta se reflejó en el cristal. Quise saber si era cierto lo que mis ojos veían. Con la palma de la mano limpié el corazón dibujado, pero una vez más era una imagen retenida en mi retina que me había engañado. Es la lluvia y sus fantasmas atados a los recuerdos, que como una telaraña se enredan y se pegan a la memoria, en retazos en blanco y negro. Surgiendo en cada esquina, igual que una mala hierba que por mucho que intentes deshacerte de ella siempre surge. Cada invierno, cada día que una imagen, una canción, un aroma o una noche de soledad la haga revivir, y es porque aunque nos haga sufrir es ese momento lo que nos hace seguir adel...

El nuevo Dios.

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Su armadura estaba golpeada, era vieja y demasiado usada. Demasiados cuerpos que ahora se consumían en los infiernos la habían vestido. Le quedaba grande, Flavio desconocía de dónde procedía el escudo que lucía en su pecho, tampoco le importaba. Estaba en medio de una batalla, eso era lo único que sabía. Avanzaban en formación.  Su escudo estaba partido por uno de sus extremos y su espada tan mellada que no cortaría la mantequilla. Su corazón palpitaba con fuerza bajo su pecho y, aunque tenía mucho espacio parecía que en cualquier momento rompería el peto. Iban dando pequeños, pero firmes pasos. Apenas veía qué sucedía en el campo de batalla. Escuchaba los gritos y lamentaciones de sus compañeros y veía como se iban sustituyendo. De vez en cuando pisaba cuerpos de soldados caídos, enemigos y aliados. En más de una ocasión estuvo a punto de caer.  Llevaban ya muchas horas bajo la lluvia, y el barro les hacía ir despacio. El campo de batalla ahora era una mezcla de l...

El intruso.

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Sentado frente a la ventana, se recrea con el paisaje. Le gustan los días de lluvia, le encanta el otoño. Ver el monte cubierto de hojas, que en esta época es de un hermoso ocre. Que el único sonido sea el de la lluvia contra el cristal, el sonido de los árboles cuando el viento los azota. Las nubes desplazándose en el cielo. Escuchar el estruendo que forman la tormenta nos recuerda lo frágiles que somos y el poder de la Madre Naturaleza. Un racimo de rayos rasgan la tarde y alumbran el bosque. Sigue leyendo. Cuando no llueve pone en su móvil el sonido de una tormenta, eso le relaja, pero ahora es real. ¡Ploc! Es el sonido que le despierta. Ignora el tiempo que lleva dormido. ¡Ploc! Lo vuelve a escuchar y sentir. Sobre las hojas abiertas del libro cae una nueva gota. ¡Ploc! Dirige la vista al techo, lo que le produce dolor en las cervicales, la maldita artrosis. ¡Ploc! Retira el libro. —Es extraño. El tejado está recién reparado y además entre el tejado y la planta baja est...