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Santuario Natural.

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La oscuridad de la cueva era casi total. Podía sentir el frío tacto del aire, y las humedad de las paredes que la envolvía. El oxígeno estaba viciado por llevar tantos siglos encerrado, pero no tenía miedo. Era consciente de que era el primer ser humano que violaba ese santuario natural, que había estado escondido durante tanto tiempo. Encendió la lámpara frontal, pues la linterna no le proporcionaba la suficiente luz para poder observar ese milagro de la naturaleza. Las estalactitas y estalagmitas se repartían por una gran bóveda que parecía no tener fin. El goteo constante del agua había formado un gran lago lechoso. María lo acarició. Estaba frío, muy frío. Le hubiera gustado bañarse en él. Imaginó a esos seres, que habían vivido hace milenios en ese lugar, entrando en el agua. Algo llamó su atención, en una pared, había unas manos dibujadas en posición negativa indicando, seguramente, que existía algún peligro y desistió de hacerlo. Colocó la suya sobre el dibujo, era u...

Solo.

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Alberto, introducía casi medio cuerpo en el contenedor de basura. Cada noche, después de que el restaurante cerrara sus puertas y depositaran los restos, Alberto acudía para ver que podía rescatar; no antes, pues los porteros lo echarían a patadas. Con la comida que encontraba podía pasar el día. En ocasiones tiraban mantas que sus empleadas ya no querían, pero a él le servían aún; alguna pila para su transistor, aunque cada vez con menos frecuencia, las malditas baterías las estaban haciendo desaparecer; botellines de agua a medio consumir y alguna que otra bebida, como cervezas de lata. Esa era la última noche que encontraría algo, pues también cerraban sus puertas. Desde que la fábrica de conservas cerrara, Alberto se quedó a vivir en ella. Ya no había levantado cabeza; el resto de trabajadores habían migrado a otros lugares o se habían reciclado en otros trabajos, pero Alberto comenzó a beber. Se dijo a sí mismo que tenía por delante dos años de paro, más la indemnizaci...

Un nuevo renacer.

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Fueron días de gloria, cuando la vida asomaba a cada paso. Ahora siento el frío tacto del paso del tiempo en mis arrugados dedos, ajando mi alma, sacudiédome por dentro. Me contaron mil historias, de las edades del hombre, en las que aún se guiaban por las estrellas y en los amaneceres despertaban sin sueño, ahora el mundo se derrumba a cada paso que dan. Yo, que he sobrevivido en el tiempo, que renazco cada noche. Me estremezco con el rumbo que llevan los humanos. La hierba sigue creciendo y las arañas tejen sin cesar, pero el murmullo del río ha cesado y las nubes surcan el cielo erráticas en un intento de sobrevivir. He oído a las cigarras cantar en invierno y las mariposas nocturnas ya no dejan la luna a su izquierda. La tierra sigue girando, la luna aún nos acompaña y el sol no se ha apagado, pero la tierra se agrieta y los ríos se secan. Yo, que sucumbí al sueño, que decidí que este mundo merecía su oportunidad. He visto estrellas moribundas que aún daban calor a sus ...

La caza.

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Fue como una sensación, tan solo eso, como un parpadeo fue lo que duró la visión. Algo o alguien había pasado corriendo junto a él. Lo vio por el rabillo del ojo, pero estaba seguro. Los perros ladraron y tiraron de él. Corrió hasta llegar al claro, donde una piedra con forma imposible se alzaba milagrosamente. Una roca horadada por el paso del tiempo, del viento y la lluvia. Lejos, entre la maleza que oscurecía el espeso bosque, un ser vigilaba. Sujetó el rifle con seguridad y apuntó. La figura se movió rápido y desapareció. Corrió hasta el lugar, no lo podía dejar escapar: llevaba tiempo intentando cazarlo, esa era su oportunidad. Las huellas dejadas por su presa estaban claras gracias a la lluvia caída días antes la tierra estaba mojada, era como una esponja. Los perros olisqueaban a la presa, no estaba lejos y ellos la encontrarían; los soltó y estos estallaron en ladridos, anunciando su llegada. Héctor corrió todo lo que pudo, estaba bien entrenado, pero la presa y los...

El último regalo.

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... La policía había dejado las investigaciones, al menos por ahora y había decidido dar una vuelta por la casa de la playa, o lo que quedara de ella. El sol aún no había salido y la oscuridad reinaba todavía en la playa y en el rincón donde antes se erguía la casa había surgido un agujero negro. El silencio era total, tan solo roto por las rítmicas olas que rompían contra las rocas y la playa. Se fue acercando, como temiendo que algún ser surgido de la oscuridad la llevara con él. Algo seguía ahí, pensó que quizá los restos de la cabaña. Algo en las sombras la observaba, algo o alguien escudriñaba en su mente.  Rezó porque fuera su hermano, pero él no aparecía. Las sombras se iban alargando y de entre ellas algo surgió: la casa se mantenía en su sitio. —«¿Por qué la policía le había mentido». —Miró en su mano y las llaves de la casa aparecieron en ella—. «Me estoy volviendo loca. Quizá las cogí sin darme cuenta». Se fue acercando, no sin miedo. La casa estaba exactamen...

Cita a ciegas

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El restaurante se encontraba vacío. Me habían sentado en una esquina, frente a una ventana que daba a una plaza triangular. No estaba cómodo y no por la mesa o su situación, sino porque los camareros me observaban esperando quizá a que mi cita fallara y así tener algo de qué hablar. Era la primera vez que acudía a una cita a ciegas y ella ya llegaba tarde. Miré el reloj por enésima vez para comprobar que no me había equivocado. Quince minutos de retraso no es demasiado, pero sí para que me pusiera nervioso, y para que los malditos camareros hicieran sus apuestas. La puerta se abrió y todas las miradas se dirigieron hacia ella. Una mujer embutida en un abrigo rojo cruzaba la sala. Sus zapatos de tacones interminables resonaban en la estancia, esparciendo un aroma a perfume caro a su alrededor. Un camarero le sujetó cortésmente el abrigo, lo que hizo que todos los trabajadores allí presentes, incluido las féminas, me envidiaran. Un vestido ajustado envolvía un cuerpo de escán...

Valor.

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... Se levantó, no sin dificultad «demasiadas chuches, pastelitos, gominolas y bollos de chocolate», y se encaró conmigo. —Qui…qui… quizá sea un ni… niño gordo, pe… pero también es mi amiga, así que no te… te pongas en mi camino o te enterarás de qui… qui… quién es Jorge. Le miré extrañado. No conocía esa faceta de Jorge, nunca le había visto enfadado, él era el que hacía reír al grupo, el gracioso, el que siempre estaba de buen humor. Lo que estaba viendo era un niño que estaba a punto de dejar de serlo, un preadolescente, unas hormonas con patas. —¿Qué te ocurre, Jorge? Lo único que digo es que Bárbara nunca se fijará en ninguno de nosotros. Somos sus colegas de juegos, pero prefiere a esos mamones con músculos, que no hacen otra cosa que fumar porros. —Ya. ¿Te… te crees que me chupo el dedo? Tú quieres que… quedar a solas con ella pa… para ver si pillas cacho. Te… te he visto. —Jorge me empujó, aunque no era un tipo violento y no estaba acostumbrado a las peleas, lo cier...