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Piel canela, labios carmesí

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Amaneciendo perfumada en labios carmesí, con el viento llega una caricia y en la mirada una sonrisa Lloviendo de melodías amargas, regando sobre lágrimas serenas esos recuerdos que en la mirada lleva. Sonetos de dulce pasión escritos están sobre su piel. Llueven estrellas y deseos pide, al universo le dice que larga no sea la espera, que tras la luna llena amanezca, sobre su piel aún fresca, que lirios crezcan en su pecho y corazones amantes en los días relucientes cubiertos de azul pasión. El perfume de un amanecer dorado, despierta y su boca toca sus labios, pero tan solo es un sueño y ese roce en la piel se ha grabado, pasa por su mente recuerdos aún presentes de vivos colores, de besos y abrazos que no tienen fin. — Soy la que te besa sin tenerte, la que te recuerda y te anhela, te espera con el color de Lirio y te acaricia con el viento. Mas siempre algo se pierde con el paso del tiempo, en el silencio del bosque se escuchan los ecos del viento que le lla...

Fría noche.

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Ella espera despierta bañando su alma con la cenicienta luz de la luna, al despuntar el alba. Arde su cuerpo bajo las sabanas recordando besos y palabras, caricias y miradas. Lamenta no haber escapado cuando su corazón, ya helado, le suplicaba, le rogaba, le pedía con sus arrítmicos sonidos seguir el camino, de su amante, ya desaparecido, tras el camino que marca la mortecina luz de ese último latido. Muerte y vida se mezclan en su memoria y espera tras las sombras que algún día aparezca alguien que la libere de su vida, de su pasado, de su futuro marcado, que no es más que una muerte infinita.  Caen las hojas, que como mágicas sombras cubren el suelo que es su techo. Yacen cuerpos y almas en este subsuelo que se alimentan del desamor de los que algún día quisieron. Roban su energía fría y sombría que tras el último beso se corrompen en un triste verso Obscuras y nostálgicas, dementes e hirientes, espera tras el umbral que otra alma rota llore y de sus lágrimas un nuevo...

Las lágrimas de San Lorenzo.

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... —Está volviendo a suceder. Te lo dije, Eze. Esperanza jugueteaba con un tapón de vino. Lo olía y lo hacía volar impulsándolo con el pulgar. En el cuello, colgando, llevaba los cascos de música. Ezequiel bebía sin prisa una copa, ambos tumbados en un sofá que yacía sin patas en el porche. —¿No te ha vuelto a hablar? —le dijo, al tiempo que con el dedo le tocaba en la cabeza. —No, desde que hemos llegado, pero ya sabes como va esto. No me hace caso, es él el que manda. Y aunque me irrite mucho, siempre tiene razón. El muy cabrón lo sabe todo, pero hasta que le hago caso no me deja descansar. —¡Esa boca, niña! —dijo alargando la a. Los dos rieron. Ezequiel bebió todo el contenido de la copa y se sirvió otra. Esperanza le miraba con envidia. Llevaba muchos años limpia, pero seguía deseando mojar sus labios en ese maravilloso líquido, en ese, o en cualquier otro que le hiciera olvidar. Volvió a oler el tapón. »¿Qué crees que pasa? —Ezequiel vio el deseo en la mirada de Esper...

Un nuevo Dios.

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¿Y si mañana no llega? ¿Y si el futuro está cerca? ¿Y si el hoy ya se fue? ¿Y si no hay futuro? Caminamos por la vida enredados, y al final somos lo que dejamos. Somos recuerdos y triunfa el que nunca es olvidado. El río asomaba golpeando con fuerza contra la esquina del puente. La lluvia no había cesado durante semanas y el agua bajaba imparable. Se sentaba en el pretil, con las piernas por fuera. El río parecía querer escapar y agarrarle. La luz de las pequeñas lámparas de las fachadas del pueblo se reflejaba en los pequeños remolinos que se formaban en el torbellino del pequeño salto de agua. Un ágil vencejo sobrevolaba rozando las pequeñas olas que se formaban, amenazando con tragarlo. No había nadie cerca. —«Sería fácil saltar y nadie se enteraría»— pensó. Desaparecería para siempre. Pasaría a formar parte del río hasta que encallara en algún saliente y la tierra lo tragara y así sería el nutriente que alimentara las plantas, o llegaría hasta la mar, para ser engullido...

Santuario Natural.

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La oscuridad de la cueva era casi total. Podía sentir el frío tacto del aire, y las humedad de las paredes que la envolvía. El oxígeno estaba viciado por llevar tantos siglos encerrado, pero no tenía miedo. Era consciente de que era el primer ser humano que violaba ese santuario natural, que había estado escondido durante tanto tiempo. Encendió la lámpara frontal, pues la linterna no le proporcionaba la suficiente luz para poder observar ese milagro de la naturaleza. Las estalactitas y estalagmitas se repartían por una gran bóveda que parecía no tener fin. El goteo constante del agua había formado un gran lago lechoso. María lo acarició. Estaba frío, muy frío. Le hubiera gustado bañarse en él. Imaginó a esos seres, que habían vivido hace milenios en ese lugar, entrando en el agua. Algo llamó su atención, en una pared, había unas manos dibujadas en posición negativa indicando, seguramente, que existía algún peligro y desistió de hacerlo. Colocó la suya sobre el dibujo, era u...

Solo.

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Alberto, introducía casi medio cuerpo en el contenedor de basura. Cada noche, después de que el restaurante cerrara sus puertas y depositaran los restos, Alberto acudía para ver que podía rescatar; no antes, pues los porteros lo echarían a patadas. Con la comida que encontraba podía pasar el día. En ocasiones tiraban mantas que sus empleadas ya no querían, pero a él le servían aún; alguna pila para su transistor, aunque cada vez con menos frecuencia, las malditas baterías las estaban haciendo desaparecer; botellines de agua a medio consumir y alguna que otra bebida, como cervezas de lata. Esa era la última noche que encontraría algo, pues también cerraban sus puertas. Desde que la fábrica de conservas cerrara, Alberto se quedó a vivir en ella. Ya no había levantado cabeza; el resto de trabajadores habían migrado a otros lugares o se habían reciclado en otros trabajos, pero Alberto comenzó a beber. Se dijo a sí mismo que tenía por delante dos años de paro, más la indemnizaci...

Un nuevo renacer.

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Fueron días de gloria, cuando la vida asomaba a cada paso. Ahora siento el frío tacto del paso del tiempo en mis arrugados dedos, ajando mi alma, sacudiédome por dentro. Me contaron mil historias, de las edades del hombre, en las que aún se guiaban por las estrellas y en los amaneceres despertaban sin sueño, ahora el mundo se derrumba a cada paso que dan. Yo, que he sobrevivido en el tiempo, que renazco cada noche. Me estremezco con el rumbo que llevan los humanos. La hierba sigue creciendo y las arañas tejen sin cesar, pero el murmullo del río ha cesado y las nubes surcan el cielo erráticas en un intento de sobrevivir. He oído a las cigarras cantar en invierno y las mariposas nocturnas ya no dejan la luna a su izquierda. La tierra sigue girando, la luna aún nos acompaña y el sol no se ha apagado, pero la tierra se agrieta y los ríos se secan. Yo, que sucumbí al sueño, que decidí que este mundo merecía su oportunidad. He visto estrellas moribundas que aún daban calor a sus ...