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Reencuentro.

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... Durante el trayecto Gari no dejaba de darle vueltas sobre qué iba a contarle, de por qué se había ido sin ninguna explicación, aunque desde que se fue, él tampoco se había preocupado demasiado por averiguarlo. Ni siquiera una llamada, pero qué iba a reprocharle si había sido ella la que se había marchado. El personal de limpieza deambulaba entre las habitaciones y cuando llegó, su puerta estaba abierta. Se quedó observando al que había sido su pareja durante tanto tiempo. Parecía dormir. No había nadie con él, aunque era pronto, pero Gari dudaba que algún familiar acudiera a cuidarle. Estaban todos lejos. Su hermano Alfonso, con el que más relación tenía, vivía en las islas Canarias, le resultaría complicado acudir, aunque conociendo a Antonio, Gari estaba segura de que ni siquiera lo sabría. Tendría que ser ella la que le llamara para contarle lo que le sucedía. Su cabeza se giró y miró hacia la puerta, como si hubiera adivinado que le observaban. Ambos se miraron. Gar...

Saldar cuentas.

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... La tormenta ya había pasado, ahora era la calma que la precedía lo que la inquietaba. El agua corría por toda la vereda, dispersándose por finos afluentes que discurrían para desembocar en un arroyo que perecía en el caudaloso río. Las nubes se dispersaban para ir dejando poco a poco paso a un claro día, y aunque la tarde se echaba encima el sol aún calentaba y un arcoíris con cinco tenues colores apareció ante ella. No era lo que esperaba, siempre te dicen que los días tristes y melancólicos deben ser grises y lluviosos, así había sido hasta ese momento. Se deshizo del chubasquero y salió para que el sol la calentara; alzó la vista mientras un tímido rayo solar incidía sobre ella. Aspiró profundo, como queriendo que aquel día quedara marcado en su mente; el aroma de lo rosales recién plantados le llegaron, al igual que ese inconfundible olor a barro durante una tormenta y a hierba recién cortada. Volvió a cerrar los ojos para recibir el tacto del trigo que crecía alto;...

El contrato.

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Bajo el manto de la noche, en el último pétalo de un verso de mil colores, acurrucados al cobijo del árbol, bajo la fina lluvia de un esperado abril. Ahí yacen, inmersos en esa ciudad de corazones, muriendo de soledad en sus calles, lejos, muy lejos, separados por multitud de brazos deseosos de abrazos. Cuentan que en noches de novilunio, dos figuras errantes, buscan entre las sombras los besos y lamentos de los amantes. Pues ellos se alimentan de amores y desamores de los que yacen muertos en la calle o perdidos entre miles de sombras andantes. Las ánimas de los dos amantes se alejan sin poder mirarse, pues la maldición les obligó a no tocarse. Tan solo sueñan que si se apoderan de los cuerpos de esos a los que el amor acepta, podrán acariciarse antes de que el sol los alcance. Liberan besos que vuelan libres entre los jóvenes amantes. Llueven sentimientos que tras el invierno florecerán en vividos momentos y para cubrir el frío de su piel buscan el calor que desprenden al...

Un día gris.

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... Los fantasma de la mansión llamaban a Esperanza. En el salón, el mueblebar la reclamaba, ese mueble que albergaba botellas que ella había vaciado, en esos tiempos en el que el reloj no era de arena, sino de alcohol. Había olvidado momentos y recordaba otros que quisiera haberlos dejado en ese cajón donde guardamos lo que no nos gusta rememorar. —«Por qué le costaba tanto dejar atrás aquello, por qué había regresado. Ya lo decía Joaquín Sabina: “que al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”. ¿Había sido feliz?» —se preguntaba. Volvió a echar la vista atrás y se dio cuenta que hubo momentos que sí, pero habían sido escasos. Se sentó en ese porche que guardaban eso mejores momentos y vino a su mente la imagen de la casa de la playa. Ya no quedaba esa casa de la playa. Tenía miedo de volver a esa playa, aunque al mismo tiempo fue ahí donde vio por última vez a su madre, quizá si se acercaba volvería a estar con ella, con sus recuerdos, pero también estaba...

Piel canela, labios carmesí

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Amaneciendo perfumada en labios carmesí, con el viento llega una caricia y en la mirada una sonrisa Lloviendo de melodías amargas, regando sobre lágrimas serenas esos recuerdos que en la mirada lleva. Sonetos de dulce pasión escritos están sobre su piel. Llueven estrellas y deseos pide, al universo le dice que larga no sea la espera, que tras la luna llena amanezca, sobre su piel aún fresca, que lirios crezcan en su pecho y corazones amantes en los días relucientes cubiertos de azul pasión. El perfume de un amanecer dorado, despierta y su boca toca sus labios, pero tan solo es un sueño y ese roce en la piel se ha grabado, pasa por su mente recuerdos aún presentes de vivos colores, de besos y abrazos que no tienen fin. — Soy la que te besa sin tenerte, la que te recuerda y te anhela, te espera con el color de Lirio y te acaricia con el viento. Mas siempre algo se pierde con el paso del tiempo, en el silencio del bosque se escuchan los ecos del viento que le lla...

Fría noche.

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Ella espera despierta bañando su alma con la cenicienta luz de la luna, al despuntar el alba. Arde su cuerpo bajo las sabanas recordando besos y palabras, caricias y miradas. Lamenta no haber escapado cuando su corazón, ya helado, le suplicaba, le rogaba, le pedía con sus arrítmicos sonidos seguir el camino, de su amante, ya desaparecido, tras el camino que marca la mortecina luz de ese último latido. Muerte y vida se mezclan en su memoria y espera tras las sombras que algún día aparezca alguien que la libere de su vida, de su pasado, de su futuro marcado, que no es más que una muerte infinita.  Caen las hojas, que como mágicas sombras cubren el suelo que es su techo. Yacen cuerpos y almas en este subsuelo que se alimentan del desamor de los que algún día quisieron. Roban su energía fría y sombría que tras el último beso se corrompen en un triste verso Obscuras y nostálgicas, dementes e hirientes, espera tras el umbral que otra alma rota llore y de sus lágrimas un nuevo...

Las lágrimas de San Lorenzo.

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... —Está volviendo a suceder. Te lo dije, Eze. Esperanza jugueteaba con un tapón de vino. Lo olía y lo hacía volar impulsándolo con el pulgar. En el cuello, colgando, llevaba los cascos de música. Ezequiel bebía sin prisa una copa, ambos tumbados en un sofá que yacía sin patas en el porche. —¿No te ha vuelto a hablar? —le dijo, al tiempo que con el dedo le tocaba en la cabeza. —No, desde que hemos llegado, pero ya sabes como va esto. No me hace caso, es él el que manda. Y aunque me irrite mucho, siempre tiene razón. El muy cabrón lo sabe todo, pero hasta que le hago caso no me deja descansar. —¡Esa boca, niña! —dijo alargando la a. Los dos rieron. Ezequiel bebió todo el contenido de la copa y se sirvió otra. Esperanza le miraba con envidia. Llevaba muchos años limpia, pero seguía deseando mojar sus labios en ese maravilloso líquido, en ese, o en cualquier otro que le hiciera olvidar. Volvió a oler el tapón. »¿Qué crees que pasa? —Ezequiel vio el deseo en la mirada de Esper...