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Un acto de fe.

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El agua corría a través del grifo sin que Sam fuera consciente de ello. El chorro de agua golpeaba contra los platos amontonados y eso hacía que salpicara fuera. Un gran charco de agua se estaba formando a su alrededor. Sus manos sujetaban con fuerza el estropajo, y el jabón se iba diluyendo al contacto con el agua. Su mente se perdía bajo sus pies igual que el agua. Los recuerdos de la guerra le estaban traicionando, una vez más, y se veía a sí mismo cuando en aquella riada la niña pedía auxilio al tiempo que las bombas y las balas atarvesaban los campos de cemento y hormigón. El agua arrasaba. Los heridos y muertos eran arrastrados por la corriente, junto a vehículos y demás artefactos. Los soldados intentaban asirse a cualquier saliente o tejado, pero si el agua no acababa con ellos lo hacía el enemigo, que desde lo alto de la torre del campanario un francotirador no les dejaba descansar mientras los aviones sobrevolaban arrasando con los que aún respirában. La niña supl...

Cambio de menú.

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... La mesa estaba en silencio, y la tarde se fue despidiendo mientras las sombras se alargaban. La casa estaba fría, la distancia entre los cuartos era infinita y las manecillas del reloj de pared se habían detenido hacía tiempo, pero ninguno parecía darse cuenta, hasta que... Álbaro se sentó frente a Elena, la mesa estaba puesta y sobre ella un hermoso Marmitako, como a Álbaro le gustaba —¡Qué bueno, cariño! —señaló Álbaro sujetando como un niño los cubiertos—. Tú sí sabes lo que me gusta. —Claro, pero a veces se te olvida. —Ella no le miraba. —Eso nunca fue así. —Álbaro dejó los cubiertos con rabia—. Te fuiste olvidando de lo que a mí, a nosotros nos gustaba hacer. —¡¿A nosotros, dices?! —Exclamó acercando su cuerpo—. O a ti te gustaba. Que pronto te deshaces de lo que, según tú, te conoce. Un nuevo plato por otro. —Si de verdad te importara no dejarías de ofrecerme lo que me complace. —O quizá tú, de vez en cuando, dejarías que fuera yo quien eligiera. —Quizá deberías e...

Príncipes de barro.

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Nos dejábamos caer en el parque de los Arrantzales, un barrio que parecía situado en la cima del mundo, por encima del nuestro, como un nido de águilas, donde íbamos a jugar. Casas del color del rojo óxido, las casa de los pescadores, las llamaban, con su parque de hierro, también rojo. Donde las tardes se escapaban igual que centelleantes estrellas fugaces, efímeras, pero intensas tardes de risas y juegos. Algunos niños del barrio nos increpaban, intentaban echarnos del lugar, no era nuestro barrio y menos eran nuestras amigas las niñas a las que seguíamos. Nos retaban, cosa a la que jamás nos negábamos, pues éramos los príncipes a los que las princesas esperan mientras descansan tras su torre, tras ese duelo a muerte. Y ahí, en su feudo nos esperaban, nos observaban, queriendo saber si éramos dignos contrincantes y los elegidos para tomar su mano. Éramos la envidia por estar con ellas y lo sabíamos. Las madres del barrio nos miraban mal, como arpías, éramos el enemigo al ...

Sam y el Gran Danés.

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Sam no estaba seguro de si era un presagio, pero si había que cruzar la calle para ayudarlo lo haría, aunque eso significara cruzarla en esa hora punta y atestada de coches que corrían porque llegaban tarde a su trabajo. Al otro lado de la calle, un perro le miraba distraído con su gran lengua fuera. Un día antes sus padres le habían dado permiso para llevar una mascota a casa y ahora veía a un Gran Danes que parecía perdido. El peligro radicaba en que el perro cruzara la carretera antes de que él lo detuviera, aunque cruzar era un acto de suicidio. Miraba como los vehículos pasaban como una exhalación. Apenas eran borrones de colores que movían el aire a su alrededor. No había un hueco por donde atravesar. El perro pasó de estar sentado a levantarse, parecía querer ir donde él se encontraba. Sam gritó para que se quedara quieto. El perro movió el rabo y comenzó a ladrar. El tráfico iba en aumento y las probabilidades de no sobrevivir también. Sam se posicionó como un corre...

Tras la niebla.

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El viejo de mirada triste se acercaba al parque, donde tantas tardes acompañado por su pareja había paseado a la mortecina luz del sol. Le gustaba la soledad del atardecer, cuando niños y padres abandonaban el lugar. El viento sopló ligero llevando el aroma de los jazmines y los rosales que crecían libres en lo alto de la loma. Del cálido cauce del río ascendía una neblina que discurría culebreando entre los matorrales, árboles y rocas, que parecían esconderse al cobijo de la niebla. Llegó a él un lastimero quejido, como si alguien se hubiera hecho daño. Se acercó con cautela, pues apenas se vislumbraba algo, la noche se echaría encima en poco más de media hora y la neblina seguía su lento, pero firme avance. Un perro levantó la cabeza al ver a un ser humano, movió el rabo con brío denotando alegría, se acercó para averiguar que le sucedía, el perro estaba herido, una de las patas se retorcía de forma imposible, era un perro viejo, que alguien había abandonado, y si no se l...

Como siempre.

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Al despertar abrió la ventana, como siempre; se estiró al ponerse de pie, como siempre y saludó a la mañana, que venía algo triste, no como era habitual, últimamente, pues el sol hoy se negaba a salir, no es que fuera a llover, sino que la niebla se había instalado en los montes, tapaba su luz y parecía que sería así durante todo el día. Echó un vistazo por la ventana, como siempre, y algo había cambiado, una vieja bicicleta estaba estacionada apoyada en la pared de su casa. No es que le molestara, es que desconocía quién sería su dueño, pues nunca la había visto y eso le ponía nervioso: todo estaba bien si nada cambiaba, le gustaba que todo estuviera como siempre. Quién en su sano juicio andaría con tal artilugio tan anticuado, el pueblo estaba completamente empedrado y tratar de mantenerse en equilibrio en una bicicleta era tarea complicada. Decidió desayunar, un café con leche en su taza de siempre y seis galletas María dorada, como siempre, pero esta vez se apresuró, pu...

El viejo tren.

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El tren se había detenido. Tenía que haber pasado hacía ya un buen rato, y en la estación, el Avelino no sabía qué hacer. Hacía ya mucho que lo había escuchado llegar, pero algo había sucedido. La noche estaba oscura y le habían dejado a él al cargo de la estación, apenas llegaban trenes y menos viajeros. Cogió el candil y lo prendió. Su luz apenas servía para nada, era más para que le vieran a él. Bajó a los vías y comenzó a caminar. La luna se había negado a salir y los mosquitos y demás insectos se arremolinaban a su alrededor. El calor era intenso y la oscuridad era tan densa que uno podía llegar a palparla. El sonido del vapor se escuchaba en la distancia, como un viejo fumador al que le cuesta respirar. Un buho anunció su llegada y el resto de habitantes de la noche parecían responder. Movió la farola como si se tratara de un péndulo, para llamar la atención del maquinista, por si la veía, pero no recibió ninguna señal. A lo lejos una masa negra estaba detenida como s...