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Resignación.

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Siguiendo el rastro hasta la muralla, llego hasta el elevado puente que separa la vida de la muerte. Tras sus muros la vida transcurre como si el universo no se moviera, pero en este lado la vida se escapa. Niños y ancianos, mujeres y hombres se arrastran esperando a que su final llegue. Ya no hay esperanza para los que nacen, ya la vida pasa de largo en las aldeas y el horror acecha en cada esquina. Muerte es la esperanza de los pueblos, muerte para dejar de sufrir. Con mi último aliento, tras largas noches de marcha, llego al lugar donde los que mandan campan a sus anchas, ignorando que su pueblo muere, porque a sus amos no les importa mientras sus tripas llenen. Trepo por el puente y es tanta su arrogancia, que nadie me detiene, pues no han puesto guardias. Sobre los muros los soldados descansan, duermen gordos y cansados, pues nadie hay que frente les haga. Llego hasta su rey, que duerme en su cama, de suaves pieles y almohadas; dulces plumas cubren su cuerpo. Sus mujer...

Río de la esperanza.

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Y reinó la oscuridad y asumiendo la facultad de gobernar en la mar me sumergí con ella y durante milenios deambulé entre las sombras sin saber que en el otro lado la luz cubría todo el espacio. Muerto y sin vida vivía engañado, soñando que soñaba. Ahora que la luz invade mi mundo puedo soñar que no es un sueño. Puedo vivir dentro del espejo. Puedo alimentarme de la luz del amanecer y vivir sin esperar a morir. En ocasiones las lágrimas ruedan fuera de mi mundo, en ocasiones escucho el lamento de los que no escucharon, de los que desoyendo lo que las estrellas nos enseñaban, nos marcaban, se quedaron sepultados bajo la luz cegadora de la muerte. Esa luz no lleva nombre ni apellido, no sabe de amor, no conoce la palabra perdón, ni sabe de felicidad ni caridad y viaja huérfana, sin rumbo ni destino, recorre mil caminos, tu camino, entre las cenizas del olvido, entre cadáveres sin alma, entre almas sin esperanza ni recuerdos. En ocasiones no existe ninguna razón, sólo deben rec...

Un lugar tranquilo

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… Echo la vista atrás y veo que llevo una corta, pero vehemente existencia. Este es un pueblo que mira a la mar, donde la vida transcurre tranquila, sin sobresaltos. Las mañanas son cortas, las tardes intensas y las noches son largas y misteriosas. Un pueblo que sabe a sal y sudor; a tristeza y soledad a frío en el rostro. Huele a pescado y amargura, a invierno y lluvia.  Su tacto es cálido y su piel espesa; te calma y te mata, te arrulla y te olvida; te ama y te cuida, igual que te odia y olvida.  Los viejos del pueblo miran las tranquilas aguas que mojan la bahía igual que el pasado que los empapa sin un futuro donde resguardarse. Los jóvenes surcan hacia un futuro sin la otra orilla. Ellos, los jóvenes, ya dan la espalda a la mar. No quieren vivir y morir de ella, por ella. Yo nací entre esas dos culturas, en un abril de los que ya no quedan, en una primavera que recuerdan como un otoño, con Selena observando cada movimiento. Mi infancia fue feliz, mi adolescenc...

Miedo, asco, odio.

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… La noche transcurre tranquila, eso es lo que Clarisa cree, pero todo está revuelto. Los pensamientos de ella se entrecruzan. El Ambiente está cargado de amargura y tristeza. Los recuerdos, en realidad de nada sirven, pues nos enseñan, pero no nos dan la solución, ni siquiera sabemos si son ciertos o no. Muchos recuerdos están alimentados por nuestros odios, miedos, amores, rencores y deseos, y nuestros cerebro nos muestra lo que queremos ver, lo que deseamos que hubiera sido y lo que un día nos contaron. Clarisa se seca los ojos y en un acto reflejo se esconde de sus pensamientos, como si su hermano pudiera verlos. Y le cuenta. El aita, siempre el aita: Llega borracho. Lo ve venir, lo huele, es el amargo sabor del alcohol el que deja tras de sí. Se palpa, se toca, se mide en miedo y en asco, cuando su mano se aferra a ella. Nota ese aliento a rancio, alcohol y deseo. Siente esa mirada que se escurre dentro de su falda, ese demonio que le llama hija, ese monstruo que se cu...

Nada puede ir mal.

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… Sabe que nada puede ir mal, que tan solo tiene que salir de casa, traspasar la puerta, salir al portal, la calle está ahí, el mundo es solo un trozo de roca flotando en la nada. Sabe que es solo eso, que una vez pase de la puerta nada puede pasarle, pero duda. Es la acción de hacerlo lo que le impide respirar, es el solo hecho de pensarlo lo que le ahoga, lo que hace que su corazón dance loco dentro de su escuálido pecho. Un paso más, se dice, un paso más y lo habrás hecho. Dos pasos y ya no recordarás el primero, tres y serás libre para empezar a soñar que conseguirás llegar a la tienda, y una vez allí podrás respirar tranquilo, al menos hasta el regreso. Su pie traspasa ese muro mental y, corre, no se lo piensa y corre. La tienda está lejos, más de lo que creía, o al menos eso le parece a él, es como en esos sueños que corres y no te mueves del sitio, pero hay que seguir haciéndolo, si no quieres que te agarren. Cuando llega al lugar señalado descubre que está cerrado. ...

La vida le sonreía.

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La vida le sonreía, tenía una bonita casa en las afueras, piscina, un pequeño terreno donde pasaba algunos momentos libres cultivando en la huerta, una mujer a la que adoraba, ella había sido su gran apoyo, dos hijos que eran maravillosos, Ana de 23 años y ya independiente, Juan de 26, volaba solo hacía mucho y un trabajo que amaba. Nada podía ir mejor. Se levantó una mañana mirando al horizonte, ese día el amanecer estaba precioso, las estrellas aún titilaban en el oeste y por el este la tímida luz solar parecía querer asomar. La luna, casi llena, se mantenía en lo alto. ¿Era feliz? Se preguntaba, él pensaba que no se podía pedir más. Como respuesta dos gaviotas sobrevolaron la casa, para minutos después desaparecer en la lejanía. Un velero surcaba la mar dejándose llevar por el viento y un peregrino, camino de Santiago, le saludó. Miró a su casa con aire triste, su mujer miraba sonriente el móvil, él miró el suyo, un sinfín de mensajes urgentes lo esperaban. Lo apagó. Hab...

Mala comunicación

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… Había llegado con tiempo a la consulta. Lunares, mi Gran Damnes, se estaba comportando de manera razonable, demasiado razonable para su manera de ser, diría yo. Se sentaba y se ponía de pie de manera automática, comenzaba a desesperarse. Los demás perros comenzaban a ladrar y pronto se convirtió en una sinfonía canina. Nadie salía de la consulta, llevábamos demasiado tiempo, el calor comenzaba a hacer mella en todos. La ayudante parecía avergonzada y nadie sabía nada. Comenzó un murmullo entre el público y si algo me pone nervioso es que la gente se queje y no actúe. Procuro permanecer al margen, entre otras cosas porque me conozco. El sudor empezaba a traspasar mi camisa recién comprada y Lunares se levantó de pronto, sin darme tiempo a reaccionar, su temperamento es igual que el mío, no avisa, actúa. Fue a la puerta de la consulta y de un manotazo la abrió, algo que aprendió a hacerlo desde cachorro. Y ahí estaban: Óscar, el veterinario, haciéndole el boca a boca a la m...