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La última habitación.

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… Espera en silencio, en la penumbra de la habitación, que parece engullirle; se hace diminuto, un insecto entre gigantes. Hay cosas en la habitación que le dan miedo. Es ese algo que se siente, como una pompa de jabón que flota en el aire, que sabes que te explotará en la cara y aún así sigues mirando. Es así como vive en esa habitación, con la incertidumbre de que va asuceder algo, y no se lo puede perder. Hay algo en el ambiente que le envuelve como una teladearaña. Las sombras le seducen y le repelen, igual que una mosca atrapada en su propio capullo, en esa teladearaña, esperando que la araña no le atrape y sea a otra mosca a la que se coma. Las paredes parecen aplastarle. Es el peso del tiempo, es el paso del tiempo, es el tiempo que se ha detenido. Mira el reloj y las agujas parecen apuntarle, acusarle. Mira la maleta, que yace bajo sus pies, en silencio, un silencio que grita, un silencio que le hace daño, un silencio acusador. Las sombras se mueven lentamente atrav...

Agua sanadora.

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… Es la familia perfecta, si una la ve desde fuera. Marta observa a sus padres. Están riendo como niños. Su padre lleva un delantal para fregar los platos y su madre intenta quitarle de la fregadera empujándole con la cadera, mientras no dejan de reír. Su padre le echa jabón y agua a su madre y ella a él. Suena en la radio una canción de Los Brincos, Esa mujer. Su padre la sujeta por la cintura y se besan mientras bailan. Marta se aparta de la puerta y les escucha desde el pasillo. Ella piensa que nunca tendrá ese amor, que le gustaría notar, saber que se siente ante una mirada cómplice y real, y le surge la duda, como la línea que separa el ocaso del alba y siente ese frío, el frío de la distancia, del olvido, de la soledad. Va a la sala, donde el estúpido televisor yace apagado. Hace días que se estropeó y sus padres dicen que el dinero que cuesta arreglarlo les hace falta para otras cosas más importantes. Hace tiempo que su hermano se fue. Una fotografía suya la observa ...

Lo que queda.

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Se siente la primavera, las flores esparcen su simiente, las luz del amanecer es más brillante. Rasga su piel y bajo la luna que mengua mis pies descalzos se filtran en el agua de esa mar que me espera. Libero de mi pasado la pesada carga que mi cuerpo cansado arrastra.  Tiemblan a mi paso ciudades y reinos, que desnudos de almas albergan cuerpos que mueren en un intento de vivir entre gritos, que rompen la noche, que arrastran a hombres y bestias al silencio del olvido. No importa la distancia, no importa si abrazar puedes y recoges el fruto que con las manos acoges el reino de los elegidos. Recorro senderos de fábulas y sueños, recorro caminos arrastrados por el viento, siguiendo la estela de esa luna que en silencio, guía a príncipes y mendigos, soldados y poetas, que desnudos se presentan. Profunda es la cicatriz que en la tierra dejo, pero tras el viento de primavera, la luna plateada deja su huella. Qué pesar el mío que tengo el mundo a mis pies, que los seres que...

La vieja mansión.

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Es una casa esilo victoriana, que se levanta magestuosa a pesar de los años. Sus tejas grises comienzan a dar diversa vida de flora y fauna. Una ventana sin sus cristales llama su atención al golpearse de forma rítmica: dos golpes fuertes para cerrar, uno para abrir, y cada tres series se quedaba medio abierta, como esperando ser vista y oída: «Plum, plumplum… plum, plumplum…». La luz del atrdecer incide en ella, y diversas motas de polvo vuelan a su alrededor dibujando la forma de una silueta que parece humana. Lucas se detiene observando. La ventana, en ese momento, se detiene quedando abierta, y la forma se disuelve cuando el último rayo de sol desaparece, y a Lucas le da la impresión de que dicha forma entra por la ventana justo antes de que se cierre de un fuerte golpe. La última vez que había entrado en esa mansión, era poco más que un adolescente, ahora que roza los 40 ha regresado. Los fantasmas esperan, ellos no tienen prisa, te persiguen toda la vida, quieren que ...

La biblioteca.

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La mujer se acercó a la estantería, con paso lento y arrítmico. Los años no perdonaban y aunque debería haber abandonado ya ese lugar no podía ver como la biblioteca que había regentado durante toda su vida, se abandonaba o se echaba abajo para convertirlo en un supermercado o una hamburguesería, por eso aguantaba, y lo haría hasta que sus huesos se quebraran o su corazón dejara de funcionar. En repetidas ocasiones, unos obesos y sudorosos hombres con trajes que costaban más de lo que ella ganaba en un año, le habían ofrecido una buena suma de dinero para que la vendiera, pero no había cedido, en ocasiones se arrepentía, pues los ancianos del lugra lo eran demasiado como para acudir al lugar para leer, y los jóvenes leían poco y los que lo hacían, lo hacían en sus aparatos electŕonicos. Dejó en la estantería, ordenada alfabéticamente, el último libro que había prestado: La Casa de los Siete Tejados . Una apasionante historia de ambiente gótico escrita en 1851, que tanto le ...

Día de bodas.

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… Salió fuera. Tenía, debía, necesitaba notar el aire frío en su cara. La lluvia aún se dejaba sentir en pequeñas y diminutas gotas que de vez en cuando atravesaban el aire para estrellarse contra su cara, y ella lo agradecía. La luz de algunas estrellas se filtraba a través de las nubes que luchaban por sobrevivir mientras la luna las atravesaba. El viento había rolado a noroeste, cosa que agradeció, pues el vento cálido que había reinado esos últimos días hacía casi imposible conciliar el sueño, aunque después de lo acontecido dudaba si podría volver a dormir. Miró hacia abajo y vio a través de la repisa de la terraza del tejado a los invitados que se iban marchando, igual que las nubes, salvo que estas últimas volverían tarde o temprano y los invitados no. El coche del novio había dejado un reguero de globos y adornos por el camino y su ramo, ahora, se desprendía de sus manos y volaba en caída libre. El viento hizo elevarse a las flores y que se esparcieron como las gota...

Dulce hogar.

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En la habitación se siente la humedad que les hace temblar. El frío se instala en sus huesos y su arrugada piel se estremece. El vello de la espalda se eriza, como la de un gato. En el exterior un relámpago alumbra la entrada y un rayo se deja ver lejos de la casa, segundos después retumba un trueno. —Jorge. —La mujer, postrada en una silla de ruedas estira el brazo hacia su marido, que parece hipnotizado por el temporal—. Cierra la ventana. Va a empezar a llover. Las cortinas vuelan hacia dentro, atraídas por el aire cálido.  Jorge se levanta apoyándose en los brazos de la mecedora. Esta cruje, igual que sus cansados huesos. Mira hacia el suelo y ve el rastro de unos zapatos mojados al pisar sobre la alfombra. En las sombras de la cocina se dibuja la silueta de un fornido hombre y una frágil mujer, así como la figura de un niño que se esconde tras ella. Jorge se gira y se dirige a Luisa. —Creo que tenemos visita, Luisa. Ella inclina la cabeza para mirar tras el encorva...